A partir de la primera sesión ordinaria del Consejo Técnico Escolar (CTE) del ciclo 2022-2023 ya no existirán las guías de trabajo que, para la organización de estos encuentros, eran …
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Hace varias décadas, en una charla informal con varios académicos que publicamos artículos de opinión, un secretario de Educación Pública comentó que las escuelas normales rurales tenían virtudes y que era innegable su aportación a la educación nacional, en especial a la instrucción de los pobres de zonas campesinas. Pero han sido un dolor de cabeza para el gobierno, al menos desde los años 50.
Como a varios colegas, la Comisión Nacional para la Mejora Continua de la Educación (Mejoredu) tuvo la gentileza de mandarme una serie de documentos que ha publicado recientemente. Hubo uno que captó mi atención de manera inmediata: “La violencia entre estudiantes de educación básica y media superior. Aportaciones sobre su frecuencia y variables asociadas a partir de estudios de gran escala” (2021).
Desde mi refugio, observo espantado a un EE. UU., declinando su hegemonía mundial y a una vieja Europa temerosa de la amenaza rusa. América Latina, parte de Asia y África incapaces de algún protagonismo mundial debido a su extraordinaria dependencia tecnológica, observan azorados a los cambios bruscos del mundo.
No sería la primera vez que la poesía echase más luz a un proceso social que algunas teorías. Dice el cantautor que “No hay nostalgia peor/ que añorar lo que nunca jamás sucedió”. El verso es impecable e implacable.
Hay una premisa para los investigadores: “investigación que no se difunde, no existe”; de ahí la necesidad de la comunicación científica a través de diversas actividades como los artículos, las ponencias, los carteles, los paneles, conversatorios etc. Todos tenemos en mente que hay que publicar nuestras investigaciones en revistas científicas para que sea conocida y reconocida por la comunidad, sus resultados sean discutidos y su contribución forme parte del conocimiento universal.
Estoy casi seguro de que sería altamente improbable que alguno de mis cinco lectores estuviera en desacuerdo si afirmo que se debe educar para servir, que la educación tiene como misión formar ciudadanos capaces de servir y que una educación que no forme para el servicio es una educación que no sirve.
Como suele suceder en ciertos periodos del año, hoy, las Escuelas Normales Rurales ocupan parte de la atención pública. Para Puebla, los casos más cercanos, física y emocionalmente, son la “Carmen Serdán” en Teteles de Ávila Castillo, en nuestra entidad y la “Lic. Benito Juárez”, en Panotla, Tlaxcala, pertenecientes ambas, al mismo subsistema de la educación superior en nuestro país.
En 2020, en vísperas de que estallara en el mundo la pandemia de Covid-20, la Unión Europea lanzó una consulta sobre las micro-credenciales. Estas, impartidas en línea, en un formato asincrónico, son de calidad y precios variables. Las proporcionan y validan un sinfín de empresas e instituciones, comerciales o educativas. De hecho, en el transcurso de 2022, en un contexto de crecimiento explosivo de la educación en línea, el debate público sobre sus significados, implicaciones y modalidades se ha expandido, en todo el mundo.
El primero de septiembre de 1968, en plena creciente del movimiento estudiantil de ese año, el presidente Díaz Ordaz presentó al Congreso su cuarto informe de gobierno. Se refirió, por primera vez en extenso, al mismo y fijó la postura gubernamental para contenerlo. Varios segmentos del discurso fueron interpretados como una amenaza contra los estudiantes, al justificar el uso de la fuerza pública y advertir que llegaría, según dijo, “hasta donde estemos obligados a llegar”. Resultó premonitorio, como es sabido.
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