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Un nuevo plan de estudios… ¿y qué más? ¿David contra Goliat?

by Pluma Invitada
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Arcelia Martínez Bordón

El pasado 29 de agosto dio inicio el ciclo escolar 2022-2023 con retos muy importantes por los más de dos años de trabajo a distancia ocasionados por la pandemia por covid-19, que dejó como saldo un mayor abandono escolar en los distintos tipos y niveles educativos y más rezago educativo y de aprendizajes. Se estima que más de medio millón de estudiantes de básica y media superior dejaron de asistir a la escuela, siendo el preescolar el nivel más afectado -con una disminución en su matrícula de 13%-. Además, de acuerdo con el representante del Fondo de las Naciones Unidas (Unicef) en México, Fernando Carrera Castro, los estudiantes de educación básica podrían haber perdido en este periodo hasta dos años de aprendizaje – prácticamente el tiempo que duró el confinamiento por la pandemia.

En un escenario como este, la prioridad de la política educativa me parece, debiese ser tanto la recuperación de los aprendizajes de las niñas, niños, adolescentes y jóvenes que no pudieron involucrarse en la educación a distancia y que hoy enfrentan serios rezagos respecto a lo que marca el currículo, como la de las y los estudiantes que se desafiliaron de la escuela. Sin embargo, para el gobierno federal parecen ser otros los temas urgentes.

El lanzamiento de un nuevo plan de estudios para la educación básica, unos días antes de que comenzara el ciclo escolar, viene a sumarse a una serie de medidas de política pública que contrarían, en principio, el sentido común. ¿Ante la crisis de aprendizajes es oportuno el nuevo plan de estudios, faltando dos años para que acabe este gobierno? ¿Cuál es pues la apuesta de este nuevo plan de estudios, cuyo pilotaje inicia en octubre en cerca de mil escuelas de todo el país -30 escuelas por cada entidad federativa- y que en principio comenzaría su aplicación generalizada en los primeros grados de preescolar, primaria y secundaria para el siguiente ciclo escolar? ¿Qué es lo que busca transformar? ¿Tiene posibilidades de lograr el cambio educativo? ¿El plan puede verse como el inteligente David, que vencerá al temible Goliat?

  1. El nuevo plan

El nuevo plan surge, como ya se dijo, en medio de una crisis del sistema sin precedentes, ocasionada por la pandemia por covid-19, y que vino a agravar los problemas de abandono escolar y rezago educativo y de aprendizajes que ya teníamos. El plan busca mejorar la educación y convertirse en un instrumento de transformación radical del sistema, para lo cual incluye elementos discursivos que parecen indicar una ruptura con respecto a lo que se ha hecho en el pasado. Se habla de la necesidad de cambiar el foco de la educación, eliminando parte de lo que se resaltaba en los modelos anteriores, como, por ejemplo, los estándares y las competencias. 

Con todo, varias de estas propuestas no son muy distintas a las de los planes anteriores, en tanto, apuestan por rescatar la historia y la cultura de los pueblos originarios, a través del desarrollo del pensamiento crítico, el aprendizaje para la vida y el diálogo. Un giro quizá, lo constituye el colocar al centro a la comunidad, más que a la escuela o a las y los estudiantes. En el plan también se reconoce que hay distintos ritmos de aprendizaje entre estudiantes, lo que, señala, fue más que evidenciado en la pandemia -no solo por cuestiones atribuibles a sus características individuales, sino por el acceso diferenciado a recursos tecnológicos, entre otros-, además de un currículo fragmentado. 

Para integrar los distintos ritmos de aprendizaje, el nuevo plan de estudios propone seis fases: educación inicial, educación preescolar, primero y segundo grado de primaria, tercero y cuarto grado de primaria, quinto y sexto grado de primaria, y primero, segundo y tercer grado de secundaria. Asimismo, y en respuesta al currículo enciclopédico y fragmentado, propone sustituir las asignaturas por campos cuatro campos formativos: Lenguaje, Saberes y pensamiento científico, Ética, naturaleza y sociedades, De lo humano a lo comunitario -lo que llevaría a la desaparición de las asignaturas en el nivel primaria, aunque no así en el nivel secundaria. 

El plan propone también siete ejes articuladores del currículo: Inclusión, Pensamiento crítico, Interculturalidad crítica, Igualdad de género, Vida saludable, Apropiación de las culturas a través de la lectura y la escritura, y Artes y experiencias estéticas – algunos de los cuales ya eran parte sustantiva del currículo, aunque no como ejes, como se observa en las propuestas curriculares implementadas con la reforma del preescolar de 2004 y la reforma integral de la educación secundaria de 2006, e incluso en el modelo educativo de 2017.

Aunque es indudable que varios de los elementos nuevos y no tan nuevos del plan tendrían el potencial de mejorar los procesos de enseñanza y aprendizaje, en el documento no se especifican, como tal, objetivos y prioridades. De hecho, es importante mencionar que el nuevo plan de estudios adolece de un diagnóstico claro y contundente que nos diga cuál es el problema prioritario o conjunto de problemas que, con este, se busca solucionar. 

  1. A qué problema responde el plan de estudios: qué se prioriza

Si bien el plan es rico en ideas y en puntualizar lo mal que se han hecho las cosas en los últimos treinta años, y de ahí la necesidad de cambiar el modelo educativo para una verdadera transformación social, este no puntualiza ni prioriza cuál es el foco de su apuesta: ¿Cambiar el currículo enciclopédico? ¿Evitar la fragmentación de contenidos? ¿Acabar con la falta de pertinencia y contextualización de la educación? ¿Combatir la mercantilización de la educación? ¿Desaparecer la evaluación basada en pruebas estandarizadas?

Es de resaltarse que el nuevo plan de estudios no coloque como una prioridad o problema mayor el bajo aprovechamiento de los estudiantes, sobre lo cual, además no se tienen datos a nivel nacional desde que el gobierno federal desapareció al Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE) – que en su último levantamiento con alumnos de sexto de primaria, en 2018, daba cuenta de que 5 de cada 10 estudiantes apenas alcanzaban el nivel mínimo de aprovechamiento en Lenguaje y comunicación y 6 de cada 10 en Matemáticas. 

El plan de estudios 2022 tendría que comenzar, estoy cierta, por indicar cuál es el problema o conjunto de problemas que se quieren resolver. Sin embargo, el documento carece de un análisis, con datos, de los problemas más acuciantes del sistema y de la crisis de aprendizajes que hoy tenemos -los datos sobre el rezago en aprendizajes han sido estimados por agencias internacionales y por investigadores educativos-. La narrativa desde el gobierno federal, por su parte, refiere problemas de gestión y falta de autonomía de las escuelas y sus maestros, sin decir una visión autocrítica que reconozca que durante la pandemia la autoridad fue en parte responsable del problema, a partir del excesivo número de formatos y pruebas que les pedía a los docentes enviar para demostrar que estaban trabajando con sus estudiantes. 

En virtud de que no se incluyen objetivos generales y específicos, tampoco es de extrañar que el plan no aterrice en estrategias y metas, o que incluya indicadores que permitan mirar su operación, alcances y retos. Ello quizá explica que no se haya hecho pública una ruta operativa del plan, a corto, mediano y largo plazos, pese a que pronto se operará de forma piloto. Estas omisiones generan suspicacias: pareciera que el plan se hubiese hecho al vapor y sin tomar en cuenta su viabilidad. 

¿Entonces? Tendremos que esperar un poco para saber qué se propone para el pilotaje del plan y también, muy importante, para saber cómo y quién le dará seguimiento o evaluará su aplicación piloto. 

Y otra vez nos va a pasar que el plan educativo comience a operar en el último año del sexenio, justo como pasó con el modelo educativo de 2017, cuya implementación de forma generalizada apenas comenzó en el ciclo 2018-2019, el mismo año en que cambió la estafeta de gobierno.

  1. ¿Una respuesta parcial frente a los retos del sistema?

Cuando una propuesta tiene mucho eco y publicidad, como ha sido el caso del nuevo plan de estudios, hay que ir más allá del discurso optimista sobre el cambio, y mirar con ojo crítico sus posibilidades para contribuir a una verdadera transformación educativa e incluso, como se ha dicho, social. Mi opinión a este respecto es, más allá de los déficits mencionados en el apartado anterior, es que sus posibilidades son limitadas, por la sencilla razón de que el currículo, solo, no puede cambiar la realidad. 

Si bien un nuevo plan puede plantear innovaciones importantes, en papel, a partir de la redefinición de, por ejemplo, los fines de la educación, la participación de distintos actores, la necesidad de un mayor diálogo y de formar comunidades de aprendizaje, las propuestas tendrán un aterrizaje en la realidad no necesariamente abierta y dispuesta para el cambio. 

Si colocamos al centro o en el corazón del plan, por ejemplo, la búsqueda de una educación de excelencia, “entendida como el mejoramiento integral constante que promueve el máximo logro aprendizajes de los educandos” -lo cual ya se dijo no se advierte en el planteamiento general del documento, aunque sí en el artículo 3° constitucional- tendríamos que decir que éste depende de otras cosas más allá de una buena guía o plan curricular. De hecho, la mejora de las habilidades y aprovechamiento de las y los estudiantes requiere de una transformación de fondo, en distintas dimensiones y componentes varios del sistema que necesitan trabajarse. 

Así, por ejemplo, desde los cambios que se requieren operar en materia la oferta educativa, será muy importante mejorar las condiciones físicas de las escuelas, tanto en materia de infraestructura, como de equipamiento, mobiliario y conectividad. Pero también, sin duda, trabajar en lograr mejores interacciones entre docentes y entre estudiantes, que potencien un clima escolar y de aula en donde prive la cooperación y la horizontalidad. Ni qué decir del trabajo que debe realizarse para atraer a los mejores perfiles a la profesión docente, además de la inversión sostenida y suficiente para su formación inicial, su actualización y profesionalización continua. 

Asimismo, habría que apostar por una transformación de la gestión escolar, a partir de diversas disposiciones y del reconocimiento pleno de la autonomía de docentes y directivos Se necesita que el o la directora de la escuela se convierta en una verdadera líder pedagógica y no sólo administrativa, además que las y los docentes trabajen en colegiado y no de manera individual- para que las sesiones del consejo técnico escolar, por ejemplo, sirvan para plantear planes de mejora para la escuela, y no solo para cubrir el requisito burocrático y cumplir con la normatividad-. 

En pocas palabras, mientras que a nivel escuela se necesita cambiar la lógica de trabajo del día a día, apostando por un trabajo más colaborativo que abone a la construcción de verdaderas comunidades de aprendizaje, con un director como líder de los procesos pedagógicos, con docentes bien preparados, remunerados, en constante actualización y formación, a nivel sistema, por otro lado, se requiere un conjunto de políticas integrales, coherentes, y de largo aliento -que no cambien cada seis años- que apoyen todos los procesos de cambio enunciados. 

En ese sentido, es importante señalar que el plan educativo es tan solo una ruta más, una guía, un conjunto de principios y enunciados, que espera a su aterrizaje en distintos contextos, con agentes e individuos, y que, por lo tanto, no garantiza, per se, ni el cambio ni la mejora educativa. Esta última requiere de un todo armonizado, tanto a nivel escuela, como en materia de políticas y programas educativos, lo cual me temo, está lejos de ocurrir. 

  1. Algunas reflexiones finales

Los modelos educativos anteriores -hoy criticados por el nuevo plan- apostaban, entre otras cosas, por el incremento de las habilidades y competencias de las personas para insertarse mejor en mundo laboralmente complejo y competido, basta ver la exposición del Modelo educativo 2017, que planteaba, por ejemplo, la necesidad de una educación innovadora. El nuevo plan, por su parte, desecha conceptos como el de competencias, acusando que la educación de los últimos treinta años ha seguido un modelo mercantilista, y sin ningún reconocimiento de lo que sí pudo o buscó lograrse.

A partir de esta crítica, en específico, me parece que vale la pena citar las ideas de Amartya Sen, quien ha contribuido con su obra a entender el papel de la educación en la vida de las personas. El premio Nobel de Economía de 1998 señala que un incremento en el capital humano -medido, entre otras cosas, por los años de educación de las personas- se concentra en la agencia humana, esto es, en la habilidad que tenemos cada individuo para definir nuestras metas y actuar para conseguirlas, a partir de herramientas, conocimiento y esfuerzo. La educación formal, nos dice, puede, a su vez, expandir nuestras capacidades para producir y de producción… y un aumento en nuestras capacidades humanas nos lleva a vivir la vida que valoramos e incrementar nuestras opciones y elecciones. 

En este sentido, Sen apunta que la educación tiene tanto un valor intrínseco como extrínseco, en la puede verse como un bien de consumo y de inversión, respectivamente. , Así pues, en su valor intrínseco, cuando es vista como un bien de consumo, la educación nos lleva a la expansión de nuestras capacidades, mientras que en su valor extrínseco, cuando la educación se equipara como un bien de inversión o instrumental- nos permite ganar un empleo, mejorar nuestra productividad laboral y, entre otras cosas, acceder a mejores oportunidades de vida.

A partir de esto, podríamos preguntarles a los detractores de los críticos del nuevo plan de estudios lo siguiente: ¿no tendría la educación que abonar a la expansión de las habilidades y competencias de las niñas y niños, al incremento de su productividad laboral -en el largo plazo- y a su capacidad para moverse en la escalera social? ¿Es moralmente indeseable ver a la educación como un bien de inversión? 

Una pregunta más: ¿se pueden conciliar en un modelo pedagógico la búsqueda por incrementar las capacidades de los individuos “para vivir la vida que valoramos [individual y colectivamente] e incrementar nuestras opciones y elecciones” (Sen, 2000) al tiempo que construimos y reforzamos nuestro sentido de comunidad? 

Sobre esto último vale la pena apuntar que, si bien es importante incluir el tema comunitario, porque el individuo existe en su entorno, y, por tanto, el aprendizaje debe ser contextual y pertinente, el nuevo plan de estudios quizá yerra en priorizar a la comunidad por encima de la escuela e incluso del estudiante. Ello sin dejar de mencionar, además, que existen distintas y muy diversas formas y expresiones de la comunidad (el barrio, la colonia, también dependiendo de si se ubica en un ámbito rural, semiurbano o urbano, etc.), por lo que un individuo puede adscribirse a más de una comunidad, teniendo, por tanto, el currículo distintas formas de aterrizar y operar en la realidad.

Busquemos pues un plan de estudios que concilie lo individual y comunitario, y, sobre todo, démosle su justo valor: es muy difícil pensar que un plan de estudios -de manera aislada, y sin más- puede ser el inteligente David que peleará y vencerá al temible Goliat -este último encarnado por los múltiples retos del sistema educativo. 

El cambio educativo requiere de acciones variadas en el entorno escolar y de políticas integrales, articuladas y coherentes, con presupuestos suficientes y sostenidos, que financien la mejora de los distintos componentes y procesos del sistema educativo.

Referencias

Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos [CPEUM]. 5 de febrero de 1917/ reforma del 19 de mayo de 2019.

Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación [INEE] (2019). La Educación Obligatoria en México. Informe 2019. CDMX: INEE. 

Secretaría de Educación Pública [SEP] (2022). Plan de Estudios de la Educación Básica 2022. México: SEP.

Publicado originalmente en la versión física de nuestra Revista Aula. Octubre del 2022. (https://revistaaula.com/wp-content/uploads/2022/10/Aula-01D.pdf)

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