¿Cómo promover una educación cívica en un país cuya democracia está siendo erosionada? Varios organismos internacionales coinciden en que existe una “dramática” caída antidemocrática de México.
Human Rights Watch, V-Dem, The Economist respaldan su observación en la captura de los poderes Legislativo y Judicial por parte del partido en el poder. Esta monopolización, además, se hizo ilegalmente en el primer caso y en el segundo, con inducción del voto (“acordeones”).
Ante este escenario, ¿están funcionando las asignaturas de Formación Cívica y Ética impulsadas por la Secretaría de Educación Pública? ¿En qué medida ha sido eficaz la Estrategia Nacional de Educación Cívica (Encívica 2024-2026) del Instituto Nacional Electoral ante el creciente ambiente de polarización, violencia y cerrazón?
La educación cívica y ética adquiere mayor relevancia ante los sucesos recientes y el comportamiento de las y los políticos que toman decisiones sin realizar consultas verdaderas, descalifican al opositor, y reflexionan poco ante las veleidades del poder.
Pero la erosión democrática tristemente está penetrando a las instituciones educativas. El Índice de Libertad Académica en México ha disminuido significativamente de 2016 a 2025 al pasar de 0.93 a 0.71 puntos. Este índice incluye variables como: libertad para investigar y dar clases, intercambio y difusión, autonomía, integridad en el campus y libertad de expresión. Ciencia y democracia están en riesgo y ser conscientes de ello es el primer paso para defenderlas.
La educación cívica y ética forma para la libertad humana porque busca equiparnos con conocimientos y habilidades para ser conscientes de nuestra capacidad política, diría Paulo Freire y entonces, participar en nuestros entornos de manera activa y responsable. El problema es que, aunque esto suene bien y Freire haya tratado de ser incorporado en los planes de estudio de la SEP, requerimos un enfoque de educación cívica y ética radicalmente distinto.
Sugeriría, en primer lugar, revisar la creencia de que los mexicanos tenemos una cultura política “débil” porque nuestros ancestros han sido autoritarios. Si somos incapaces de participar responsablemente, es porque no hemos tenido la oportunidad real de hacerlo. Los estudiantes de secundaria, por ejemplo, nunca fueron incluidos en los consejos escolares de participación social.
Segundo, existe evidencia de que, en la escuela mexicana, hay experiencias democráticas reales pese a sus jerarquías. Hay ejemplos de aula que aspiran a una educación democrática y la logran, según observa Linda Nathan (Harvard) en el libro Escuelas Democráticas https://www.mexicanosprimero.org
Tercero, si las encuestas dicen una cosa y los casos otra, es urgente introducir un enfoque experimental para saber si ciertas intervenciones escolares pueden realmente desarrollar el comportamiento democrático en el alumnado. De hecho, Encívica 2024-2026 recomienda “reforzar el trabajo” con niños y jóvenes en contextos escolares y extraescolares. La democracia se cultiva practicándola.
Cuarto, el plan de estudios de la SEP sugiere hacer de la realidad el “eje pedagógico” y los ejemplos del autoritarismo abundan a diario. Desde el llamado a la ilegalidad de un expresidente (“No me vengan con ese cuento de que la ley es la ley”) hasta la imposición de la presidenta Sheinbaum: “Así vamos a seguir gobernando, pésele a quien le pese”. “Largo es el camino de la enseñanza por medio de las teorías, breve y eficaz por medio de los ejemplos”, dice Séneca.