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Universidades en la periferia no garantizan reducir desigualdades

by Redacción Revista Aula
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La población de los municipios con mejores condiciones socioeconómicas suele aprovechar en mayor medida la apertura de universidades en zonas periféricas, incluso cuando los planteles se instalan para atender regiones con poca oferta educativa, advirtió el investigador Gustavo Mejía Pérez.

Durante la conferencia magistral “Narrar, contar y observar. Ventajas y dificultades de la investigación mixta en Ciencias Sociales”, impartida en la Escuela Metodológica de Verano 2026 de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, el académico de la UAM Azcapotzalco presentó los resultados de su investigación sobre el Centro Universitario UAEM Valle de Teotihuacán.

El plantel se encuentra en Santo Domingo Aztacameca, municipio de Axapusco, en una zona considerada un “desierto educativo” por la ausencia o escasez de instituciones de educación superior. Sin embargo, la mayor proporción de estudiantes provenía de San Juan Teotihuacán y de otros municipios con mejores indicadores de desarrollo, mientras que Axapusco, sede de la universidad, ocupaba el tercer lugar.

“Cuando se instala una nueva escuela, incluso aunque esté alejada, quienes más aprovechan esa oportunidad son principalmente las personas que tienen mejores condiciones socioeconómicas”, explicó Mejía Pérez.

Los mapas utilizados en la investigación mostraron que la oferta universitaria pública y privada se concentraba en las zonas centrales de la Zona Metropolitana del Valle de México, donde también se registraban los índices más altos de desarrollo humano. Conforme aumentaba la distancia respecto del centro, el número de instituciones disminuía hasta desaparecer en algunas regiones.

El investigador señaló que la ubicación de los nuevos planteles tampoco responde siempre a diagnósticos educativos o estudios de pertinencia. En el caso analizado, reconstruyó que la universidad terminó en Axapusco por la disponibilidad de terrenos ejidales y las gestiones de un actor político local, después de que no prosperara su instalación cerca de San Juan Teotihuacán.

Pese a estas limitaciones, la llegada del centro universitario produjo cambios importantes en la comunidad: aparecieron comercios, papelerías, sitios de taxis y una ruta directa de transporte público, además de modificaciones en la infraestructura vial.

Mejía Pérez también analizó las trayectorias de egresados, docentes y trabajadores. Los casos presentados mostraron que obtener un título universitario puede ampliar las oportunidades laborales, pero no elimina automáticamente la precariedad ni las dificultades de traslado.

Una egresada de Psicología pasó por empleos temporales, voluntariados y proyectos comunitarios antes de conseguir un trabajo con prestaciones. Otra graduada, de Informática Administrativa, mejoró sus ingresos y condiciones laborales al desplazarse hacia la Ciudad de México, pero llegó a invertir hasta seis horas diarias en traslados.

Estos recorridos permitieron observar que la movilidad social no depende únicamente de estudiar una licenciatura: también está condicionada por el lugar donde se vive, la disponibilidad de transporte y la posibilidad de acercarse a mercados laborales con mejores oportunidades.

Para desarrollar el estudio, Mejía Pérez combinó revisión documental, análisis de datos secundarios, entrevistas semiestructuradas y elaboración de mapas. La muestra estuvo integrada por 38 personas: 16 egresadas, 14 docentes y ocho integrantes del personal no docente.

El investigador sostuvo que los métodos mixtos no consisten simplemente en colocar una encuesta junto a una entrevista. Su uso debe justificarse a partir de la pregunta de investigación y explicar qué aporta cada acercamiento a la comprensión del problema.

Entre sus principales dificultades mencionó la necesidad de conocer las distintas lógicas de muestreo, diseñar y validar instrumentos, analizar datos de diferente naturaleza e integrar los resultados en un argumento claro y consistente.

A más de una década del estudio, Mejía Pérez planteó la necesidad de investigar si la movilidad social también funciona en sentido inverso: no sólo cómo el origen familiar condiciona el destino de hijas e hijos, sino cómo sus trayectorias educativas y laborales pueden transformar las condiciones de vida de madres y padres.

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