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Recalibrar los lentes violeta para poner perspectiva de género en el ingreso a la carrera docente

by Pluma Invitada
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Alejandra Arvizu Fernández*

Al releer la Ley General del Sistema para la Carrera de las Maestras y los Maestros (LGSCMM), a raíz de la reciente demanda docente por su revisión para asegurar una auténtica revalorización de la profesión, topé con los procesos y requisitos de admisión que, por mandato de esta Ley, están bajo la rectoría de la autoridad federal.

En esta nueva lectura, experimenté lo que suelo llamar ‘un momento… (cara sospechosa)’ que es cuando caes en cuenta que hay algo raro, algo que no cuadra y que no habías visto antes. Me percate por primera vez que en el intento por crear facilidades es probable que hayamos pasado por alto ciertas barreras de género. Mis lentes violeta enfocaron diferente, y pudieron distinguir, al menos en mi percepción, cómo ciertos requisitos podrían afectar de manera desigual a las mujeres con respecto de los hombres.

El dilema se centra en dos aspectos clave del proceso de admisión: a) completar cursos en línea autoadministrables sobre el modelo educativo y el uso de tecnologías digitales en las aulas, y b) la posibilidad de evaluación a distancia sobre normativa y competencias docentes. Ambos comparten una característica crítica: se realizan ‘a distancia’. Después de haber vivido una pandemia que nos obligó a funcionar ‘a distancia’ es difícil ver esta modalidad sin la sobrecarga que supone para las mujeres.
Antes, el término ‘a distancia’ me parecía bastante neutral, ¿mi privilegio de distorsión?, no tengo hijas o hijos y tengo con quien compartir las labores del hogar.

Sin embargo, para ilustrar mi punto, te invito a que imaginemos a Ana, una joven recién graduada de una escuela normal como licenciada en educación primaria. Con 23 años ya es madre de una niña de dos años, la tuvo a los 21, edad promedio en que las mujeres en México tienen a su primera hija o hijo.

La historia de Ana no es una tragedia; terminó sus estudios superiores y se encuentra feliz y estable en su vida personal. Sin embargo, tanto ella como su pareja tienen una percepción arraigada en la tradición mexicana en cuanto a los roles de género en el hogar. Es decir, Ana asume la mayor parte de las responsabilidades domésticas y el cuidado de la niña. Aunque podríamos debatir las injusticias del sistema cultural mexicano en este sentido, te invito a no detenernos ahí esta vez; simplemente consideremos la realidad que enfrenta la mayoría de las familias en nuestro curioso país.

Regresando a la historia de Ana. Para acceder al sistema educativo bajo la LGSCMM, ella debe primero completar los cursos autoadministrados en línea. Aquí, consideremos tres aspectos clave: aprendizaje, tiempo y espacio.

Primero, investigaciones han revelado que las mujeres a menudo prefieren y se benefician más de métodos de aprendizaje colaborativos que enfatizan las relaciones interpersonales y el desarrollo conjunto, en contraste con los enfoques más autónomos típicos de la educación tradicional. Es decir, los cursos autoadministrados, al ser predominantemente autónomos, no se alinean con las preferencias de aprendizaje de muchas mujeres, dejándolas en desventaja para aprovechar al máximo estos recursos.

Las probabilidades de que Ana tenga que realizar un esfuerzo adicional para aprovechar al cien por ciento los cursos, que es la finalidad del requisito del proceso de ingreso, son mucho más altas que las de sus compañeros hombres que compiten por la misma plaza —¿o el planteamiento de estos cursos ya considera la adaptación a formas colaborativas de aprendizaje? como bien defiende la Nueva Escuela Mexicana. Es una pregunta seria, podría ser.

Enfocándonos ahora en el aspecto del tiempo, Ana se enfrenta a la tarea de completar los cursos desde su hogar, ya que no tiene alternativa para cuidar a su bebé: su familia vive lejos y derivado de la carencia de vacunas en el centro de salud se dificulta dejarla con amigos, y de estancias infantiles mejor ni hablamos.

Así que Ana intenta avanzar en su curso mientras lidia con las constantes demandas que conlleva tener una hija pequeña. Cada poco tiempo la voz de su bebé reclama su atención y, si por un momento el silencio se apodera de la casa, la sensación de que su hija esté realizando alguna travesura la inquieta.

En este contexto, y considerando la perspectiva del espacio físico, Ana se ve constantemente interrumpida, las distracciones para la mujer en el espacio del hogar son considerablemente mayores a las de su contraparte. A medida que avanza el día, se acerca el momento en que Ana debe parar para cocinar, servir y limpiar, lo que supone una nueva interrupción en su proceso de aprendizaje.

Además, al regresar su esposo del trabajo, Ana debe atender a su hija y preparar la cena antes de intentar nuevamente enfocarse en sus estudios, esta reconcentración le demanda una significativa cantidad de tiempo —la realidad de Ana es compartida por muchas mujeres, ya que trabajar o estudiar desde casa presenta más desafíos para mantener la concentración que en un entorno laboral o educativo dedicado específicamente para cada función.

Este proceso de distracciones continuas hace que Ana necesite más tiempo que sus compañeros varones para completar los cursos. Lo más probable es que Ana no se dé cuenta del esfuerzo adicional que realiza y simplemente note lo ‘lento’ de su avance en comparación con el de sus compañeros —¿cuántas mujeres conocemos que no son conscientes del tremendo esfuerzo que realizan día a día y solo notan lo que está ‘mal’ en su desempeño?

Estos factores y sus efectos pueden trasladarse y afectar también el segundo proceso mencionado, que implica el requisito de la evaluación a distancia. Aunque exista la opción de ir a un lugar específico para presentar el examen, la probabilidad de que Ana decida hacerlo en línea debido a que es ‘más fácil’ para poder estar cerca de su hija es muy alta.

Recuerdo a mi madre, quien fue docente; ella solía llevarme a todos lados donde estuviera permitido, y solo cuando no había otra opción me dejaba con alguien más. En una ocasión, le pregunté si esto no dificultaba su concentración en el trabajo o en los estudios. Después de reflexionar un momento, me dijo: “Para mí era normal, pero ahora que lo pienso, sí, estaba cansada”. Ser multitareas para las mujeres ha sido considerado ‘normal’; estar cansada también se ha normalizado.

Contrario a lo que pensábamos, el estudio o trabajo a distancia no ha sido la gran panacea. Si bien resulta conveniente en algunos casos, también perpetúa la expectativa de que las mujeres deben ser capaces de hacerlo todo, llevando la multitarea a un nivel aún más extremo: Estudiar, trabajar, cuidar y encargarse del hogar, ¡todo al mismo tiempo! Porque, ¡Mujer, tú todo lo puedes! Y sí, podemos hacerlo todo, pero ¿a qué costo?

Lo que quiero decir es que necesitamos integrar una perspectiva de género más amplia al elaborar los requisitos establecidos para el acceso a la carrera docente. No estamos considerando de manera suficiente las realidades de género al establecerlos, y lo más probable es que ello facilite las cosas a los hombres y afecte más a las mujeres. Estos requisitos, aunque diseñados para brindar flexibilidad y accesibilidad, pasaron por alto las desigualdades de género que persisten en nuestra cultura.
Llegamos al punto donde me toca decepcionarte porque no tengo una propuesta firme. A bote pronto podría decir que valdría la pena evaluar la posibilidad de asistir a cursos presenciales con áreas de cuidado infantil, lo mismo para los exámenes, pero la realidad de la política y su relación con los recursos disponibles es complicada. Lo que sí puedo decir es que necesitamos seguir recalibrando nuestros propios lentes violeta para que estos ‘detalles’ no nos pasen por alto y no caigamos en la trampa de perpetuar lo que hoy sigue siendo ‘normal’ aunque sea injusto.

Los hogares, las calles y los espacios públicos, donde se realiza el trabajo a distancia, no son entornos neutrales para que la acción política se desarrolle en igualdad de condiciones. Las personas no existen en el vacío; están interrelacionadas con otras y otros y con el espacio que habitan; definido por sus límites y las oportunidades que ofrece.

Schutterstock/Ersin Tekkol

Nuestra amiga Ana seguro conseguirá su plaza en el sistema educativo, pero surge una pregunta crucial: ¿cuánto más esfuerzo le exigirá su camino por ser mujer? Continuar analizando y vigilando la perspectiva de género en las políticas puede resultar incómodo y aterrador, pues nos obliga a enfrentar la realidad que impera en el país, más allá de nuestro propio privilegio, y no siempre sabemos cómo mejorarlas con certeza.

Sin embargo, si nos esforzamos y permitimos seguir teniendo espacios de ‘un momento… (cara sospechosa) para identificar situaciones como ésta, podremos descubrir problemas que antes no vimos y, a partir de ahí, avanzar en la construcción de sus soluciones.

Así que sigamos alertas y empujando para que la revalorización docente, en todos sus procesos, también se tiña de violeta.

https://www.muxed.mx/blog/recalibrar-lentes-violeta

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Alejandra Arvizu Fernández* Integrante de MUxED, hija y nieta de docentes, destaca por su compromiso con el fortalecimiento de la educación pública y por su amplia experiencia en diversos niveles del sistema educativo mexicano, tanto en el sector público como en el privado, en México y en Estados Unidos. Cuenta con maestría en Análisis de Políticas Educativas (Stanford) y Postgrado en Diplomacia y Relaciones Internacionales (Escuela Diplomática de España, Universidad Complutense de Madrid). Actualmente es directora de Monitoreo de Políticas Educativas en Mexicanos Primero.
LinkedIn: https://www.linkedin.com/in/alejandra-arvizu-fern%C3%A1ndez-08392480/

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