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¿Por qué leer “Conexiones y Equilibrios”?  Reflexiones desde la crianza en el hogar y el aprendizaje en la escuela

by Pluma Invitada
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Martha Zorrilla y Ana Zorrilla*

Es fácil coincidir en que la educación de niñas, niños y adolescentes debe ser preocupación y ocupación prioritaria, y que los esfuerzos profesionales y personales que contribuyen a la edificación de infancias sólidas inciden en la construcción de un futuro digno para las futuras generaciones. Sin embargo, no es tan sencillo encontrar soluciones para combatir los obstáculos que se enfrentan en los hogares y las escuelas y, sobre todo, para mejorar las condiciones en las que aprende cada persona. En este contexto, investigar y discutir sobre las prácticas educativas y de crianza resulta no solamente relevante sino también esperanzador, pues en la medida en la que el ser humano es criado en un ambiente amoroso y estimulante, sus habilidades para enfrentar la vida se desarrollan de una mejor manera.

El libro más reciente del Dr. Eduardo Andere, titulado “Conexiones y Equilibrios” y publicado por IEXE Editorial, constituye una contribución relevante y oportuna, pues traza un camino para profundizar en el análisis de las prácticas educativas y de crianza actuales con una mirada crítica y propositiva. En palabras del autor, “la obra pretende exponer lo que sí funciona (o funciona mejor) y lo que no funciona (o funciona peor) para la enseñanza y el aprendizaje de niños, jóvenes y adultos en su vida diaria. Para ello, es preciso traducir a un lenguaje cotidiano los intrincados y técnicos conceptos del funcionamiento del cerebro y la mente en su compleja interacción con el cuerpo humano y el mundo exterior.”[1] En relación con este propósito, consideramos de gran valor trabajar a fin de que el conocimiento científico se vuelva accesible para quien esté interesado, independientemente de cuál sea su formación. En el caso específico de este libro, la manera clara en la que está escrito permite hacer llegar las ideas presentadas a los entornos donde resulta fundamental que sean discutidas y aplicadas.

El autor de este libro ha visitado más de 35 sistemas educativos en el mundo, ha entrevistado a cientos de docentes, directores y especialistas, y ha realizado diversas estancias académicas en centros de investigación sobre educación y pedagogía. De esta manera, poco a poco, ha ido encontrando los vínculos entre la política educativa y las ciencias del aprendizaje.[2] Para nosotras ha resultado interesante hacer un ejercicio similar al comentar este libro desde nuestras profesiones (psicología y derecho); dos disciplinas diferentes, pero que comparten el interés por el bienestar y el cuidado de la dignidad del ser humano. Además, la complejidad y los retos que caracterizan nuestro mundo contemporáneo nos invitan a trabajar cada vez más desde enfoques interdisciplinarios, desde los que podamos enriquecernos del saber de cada campo para lograr un acercamiento más completo y atinado respecto a los retos que la realidad implica.

A partir de un diálogo entre nuestras áreas de especialización, enseguida desarrollamos cinco ideas que hemos podido construir gracias a la lectura del libro y que consideramos clave para ayudar a construir ambientes más propicios para los aprendizajes, tanto en los hogares como en las escuelas. Por un lado, estas ideas nutren al trabajo en la psicología clínica a través del acompañamiento y la asesoría en crianza a padres de familia que tienen a sus hijos en tratamiento, o que simplemente buscan repensar hábitos que no funcionan adecuadamente. Por otro lado, en el campo de las políticas públicas, se trata de consideraciones mínimas necesarias sobre los procesos de aprendizaje que deben tomarse en cuenta al delinear las directrices de los sistemas educativos y las rutas de mejora en cada comunidad escolar.

1. Construcción de ambientes de aprendizaje

1. La variedad de los componentes temáticos del libro permite observar la amplia gama de ingredientes que deben considerarse en hogares e instituciones educativas para construir ambientes de aprendizaje que propicien y motiven el acercamiento de cada persona hacia donde sus propios intereses y habilidades le lleven. El libro está compuesto por siete capítulos, que abordan los siguientes temas: (1) la nueva escuela, (2) el nuevo hogar y la nueva crianza, (3) el cerebro y la mente, (4) emociones, (5) inteligencia, (6) digitalización, y (7) creatividad. Para los hogares, donde se ubica el fundamento de la vida psicológica de los niños, “Conexiones y Equilibrios” es una herramienta que puede facilitar la compleja labor de educar y al mismo tiempo nutrir emocionalmente a los hijos. Esta tarea de los hogares se potencia o limita a través de la calidad de los servicios educativos que reciben sus integrantes. Reconocer lo anterior es importante, pues los recursos humanos, materiales, económicos y tecnológicos de cada escuela deben adaptarse según las necesidades de las personas que forman parte de su comunidad.

2. Hogar y escuela como refugios protectores 

Andere enfatiza que “el aprendizaje en el siglo XXI se ubica en un ambiente cambiante, incierto y digital. Esta realidad afecta a los hogares y a las escuelas, donde se viven los procesos pedagógicos (crianza y enseñanza) primarios.”[3] Este punto de partida nos parece elemental toda vez que, desde punto de vista del desarrollo emocional, los primeros años de vida de las personas son fundamentales y definitorios. Es en esta etapa de la vida cuando se instala la confianza básica, y se establece el sentido del sí mismo y de la relación con los demás. Así, la casa y la escuela son gran parte del alimento para la mente de los niños. La realidad actual, que desafortunadamente tiene una dosis alta de catástrofe y pesimismo, debe ser contrarrestada de algún modo por ambientes que propicien y sostengan emociones de certidumbre y esperanza. Padres y maestros hemos de funcionar como barreras protectoras de la mente de los niños, mientras ellos se vuelven capaces de enfrentar por sí mismos la realidad externa en su completitud.

3. Complejidad en las relaciones interpersonales

Para comenzar el segundo capítulo (“El nuevo hogar y la nueva crianza”), Andere parte de la base de que la interacción entre papás, mamás, hijas e hijos es un fenómeno increíblemente complicado, pues en la realidad cotidiana estas relaciones se desarrollan “en condiciones de tensión, preocupación, aceleración, obsesión, con objetivos diferentes de muy corto plazo entre unos y otros”.[4] En cuanto a la complejidad de las relaciones interpersonales entre quienes integran las familias, consideramos indispensable dimensionar la importancia del autoconocimiento y las habilidades emocionales de los padres de familia. Por ejemplo, para calmar los berrinches de los niños o poner en orden las confusas ideas durante la adolescencia, es necesario que los padres actúen desde la madurez; a esto se le llama contención emocional y tiene que ver con la capacidad de tolerar y dar sentido a las emociones de los hijos.  Esta debe ser una línea de trabajo importante desde las políticas educativas hacia las familias. Asimismo -como el autor plantea- para lograr que el aprendizaje fluya en las escuelas, es importante que los docentes traten de “ganarse la confianza y el interés del estudiante, para platicar, abrir sus pensamientos y emociones; de tal manera que el adulto responsable, y pedagógicamente orientado, pueda apoyar, no ordenar ni imponer al estudiante.”[5] Esto es clave para el diseño de los programas de formación docente, toda vez que éstos no deben versar únicamente sobre los conocimientos que deben transmitirse, sino que deben internalizar que las relaciones de cada docente -con otros colegas, con padres de familia y con estudiantes- son humanas.

4. Enfoque en habilidades  

Cuando el autor del libro reflexiona sobre cómo serán las escuelas y universidades en el futuro, comenta que “estarán más orientadas a desarrollar habilidades que carreras, diplomas o títulos […]. Asimismo, el progreso en las habilidades, y no el progreso en los ciclos escolares, será lo que el sistema medirá.”[6] Creemos que este enfoque deber ser asumido tanto en los hogares como en las instituciones educativas de todos los niveles, pues muchas de las habilidades que son esenciales para enfrentar los problemas cotidianos de la vida requieren un entorno que las facilite. Tal como señala el autor, este entorno se da desde los cuidados durante el embarazo, la crianza en el hogar y otros espacios como la escuela.[7] En este tema, coincidimos con Andere en que la perseverancia con pasión (conocida en inglés como grit) es una habilidad no cognitiva importante para que la persona sea capaz de desarrollar habilidades cognitivas.[8] La pasión, el gusto por la vida y el placer por aprender son emociones contrarias a la depresión. Constituyen la vitalidad que se introyecta gracias a la compañía de los padres y las figuras cercanas al crecimiento de los niños. Incluso en esta época que a veces parece tan adversa, contagiar a los niños del gusto por vivir es una condición necesaria para propiciar el desarrollo de muchas otras habilidades.

5. ¡No tengamos prisa!

El autor advierte los riesgos de pensar que, para enfrentar la era de cambios e incertidumbres en la que nos encontramos, debemos vivir apresurados y con muchas actividades.[9] Comenta que en el campo de la crianza y la educación esta percepción errónea se ha extendido en familias, docentes, directores y dueños de escuelas, casas editoriales, e incluso hasta en las autoridades educativas y escolares. A menudo tratamos de enseñar cosas que tienen poco sentido para los niños y que estaría mejor si se aprendieran a una edad mayor; no existe evidencia de que experiencias tempranas atiborradas o apresuradas de aprendizaje contribuyan en alguna mejora para el cerebro. En los primeros años de la vida de cada niña o niño, los adultos deben fomentar el desarrollo de las habilidades emocionales y sociales; y no de las cognitivas. En la clínica es común encontrarse con niños que, entre otras situaciones emocionales, tienen una gran sed de pasar tiempo con mamá o papá. A veces esos padres sí pasan tiempo con ellos, pero es tiempo normativo; es decir, el tiempo en el que el niño recibe instrucciones de tareas, baño, lavado de dientes, orden, entre otras. Un corto rato de juego libre y simbólico puede tener mayor impacto emocional en la mente del niño que varias horas normativas. Esta misma idea puede extenderse a escuelas y universidades, en las que debemos fomentar el desarrollo natural y al ritmo de cada persona en su momento de vida, desde una perspectiva holística en la que todas las líneas del desarrollo humano se acompañan en el crecimiento. En conclusión, el Dr. Eduardo Andere logra aportar un compendio de conceptos teóricos, pero especialmente propuestas prácticas y abundantes para favorecer activamente ambientes de aprendizaje que beneficien la autonomía y el desarrollo integral de las personas. La obra deja un camino trazado para seguir orientando las prácticas educativas y de crianza actuales hacia una formación más completa que permita un crecimiento individual y comunitario. Algunas nuevas preguntas surgen a raíz de nuestra lectura. Desde el campo del psicoanálisis, ¿qué podemos hacer cuando la patología individual impide que la función paterno-materna sea la adecuada? En un sentido paralelo, desde la política educativa, conviene preguntarnos ¿cómo podemos construir indicadores para evaluar si los cambios efectuados en un sistema educativo redundan en la creación de ambientes que promuevan el desarrollo de habilidades y aprendizajes?

*Martha Alicia Zorrilla Noriega es psicóloga y Maestra en Psicoanálisis; ejerce como docente y en la clínica privada con niños y adolescentes. Ana María Zorrilla Noriega es Doctora en Derecho; también ejerce como docente y sus áreas de especialización son las políticas educativas y la enseñanza del derecho. Agradecemos a Luis Eduardo Zamora Malacara por su apoyo en la elaboración de este escrito.


[1] Andere Martínez, Eduardo, Conexiones y Equilibrios, México, IEXE Editorial, 2013, p. 33.

[2] Ibídem, p. 21.

[3] Ibídem, p. 32.

[4] Ibídem, p. 77.

[5] Ibídem, p. 66.

[6] Ibídem, p. 67.

[7] Ibídem, p. 95.

[8] Ibídem, p. 90.

[9] Ibídem, pp. 100, 102 y 106.

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