Alejandro Pinedo. Tutor educativo en Radix Education
He vivido en mi actual residencia durante más de quince años. Debo admitir, con profunda pena, que no conozco a mis vecinos. Esto no pasó por casualidad; honestamente creo que tuvo, en su tiempo, un motivo. Por aquellos años donde llegué a esta casa, existía el pánico colectivo de los famosos “robachicos” de los que mi mamá me advertía siempre. La idea generalizada de “no saber quién vive al lado de ti”, fruto de las olas de violencia que nuestro país atravesó en la primera década de los 2000.
Cuando crecí, me pregunté si quizá debería presentarme yo, pero ¿qué caso tenía ir ocho, diez o doce años después? ¿Se burlarían de mí mis vecinos por hacer el intento? Debo admitir también que este fue el segundo momento donde me ganó la pena. Con el tiempo, me acostumbré a ver las mismas caras. La colonia donde vivo es una colonia vieja, donde vive gente desde hace muchos años y las casas pasan de mano en mano dentro de las mismas familias. Son casas pequeñas de patios largos, donde hay árboles frutales, perros enérgicos y alguna que otra piscina para refrescarse. En todos estos años vi, desde mi pequeña ventana, nacimientos y fallecimientos, familias empacar e irse, oficinas abrir y cerrar. Niños crecer y conseguir su primer trabajo, así como familias llegar a su fin, con vecinos de la tercera edad que, tras partir, dejaron una casa vacía, con la llave puesta y las cortinas cerradas, sin que nadie volviera a ir para abrirlas y dejar correr el aire ni, si el clima lo permitiera, para desyerbar la fachada; todo esto, a veces solo con el poste de luz oxidado que se encuentra cruzando la calle, enfrente de mi privilegiada ventana, como evidencia del paso del tiempo.
Recuerdo con singular ironía una vez que le pregunté a un muchacho de unos catorce años que estudiaba en una de las comunidades educativas con las que trabajo, si conocía a sus vecinos; «Ni que fuera una película para llevarles galletas y para irme a presentar» me dijo.
En el programa Educar en un Mundo Cambiante que implementamos en Radix Education, —presente en la Ciudad de México y en Yucatán— trabajamos con un enfoque comunitario. Estudiantes, docentes, equipo directivo y personas cuidadoras. Se dice fácil, pero existe un mundo de diferencia al trabajar con cada uno de nuestros «actores» de las comunidades.
El primer paso de nuestro trabajo es introducirnos a las comunidades —llevar las galletas— para poder empaparnos de ellas, de sus fortalezas y poder identificar sus necesidades educativas a partir de un diagnóstico comunitario. Después, a través de decisiones colectivas, elaboramos un plan de acción y lo ponemos en marcha para poder cubrir esas necesidades, a través de espacios como: talleres para docentes, donde brindamos capacitación personalizada para cada plantilla docente; círculos de aprendizaje para personas cuidadoras, donde fortalecemos habilidades para la crianza positivo y el involucramiento en el proceso educativo; co-investigaciones con personal directivo, donde promovemos habilidades de liderazgo y gestión escolar y, finalmente, estaciones ambulantes para estudiantes, espacios donde entramos a las aulas a reforzar competencias disciplinares básicas y habilidades socioemocionales.
Quizá la mayor enseñanza que estoy teniendo como tutor educativo dentro de este proyecto —más allá de repasar algunas reglas de acentuación que ya había olvidado— es el poder de la comunidad. Ver a estas escuelas pasar a ser verdaderas comunidades educativas, donde todas las personas involucradas discurren en acciones orientadas al crecimiento integral de todas y todos, en sus diferentes roles, es realmente transformador. Lo más destacable es que el sentido de pertenencia termina, inevitablemente, expandiéndose más allá de los límites de las instalaciones. He visto colonias completas cambiar porque los actores de dichas comunidades se apropian de sus espacios y buscan mejorarlo; ponen luces para los paraderos del transporte público, recogen basura, toman iniciativa en cuidar sus espacios y hasta he visto que algunas personas pintan sus casas para «que combinen con la escuela».
Y entonces, me hago una pregunta, ¿qué habría pasado si yo hubiera «llevado las galletas» a mis vecinos? ¿Habría podido jugar con los niños de enfrente? ¿Habría podido acompañarles en sus momentos importantes? Hace unos años, en aquella aula donde el muchacho me contestó riéndose que si pensaba que vivíamos en una película, surgió una duda más importante: ¿Qué pasaría si todas y todos lleváramos galletas a nuestros vecinos?
Quizá educar también implique recuperar aquello que hemos perdido, la capacidad de mirar a quienes habitan junto a nosotros, reconocernos como parte de algo más grande y asumir que el aprendizaje no ocurre únicamente dentro de un salón de clases, sino en los vínculos que construimos cada día. Tal vez, después de todo, llevar galletas y presentarse sea una de las primeras lecciones para aprender a vivir en comunidad.
Acerca del autor
Originario de Gómez Palacio, Durango, Alejandro Pinedo es egresado de la Licenciatura en Psicología por parte de la Universidad Modelo. Actualmente se desempeña como Tutor Educativo en Yucatán en el programa Educar en un Mundo Cambiante de Radix Education. Además, es activista por los derechos LGBTQI+ y un ávido lector.