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Ser mejores que nosotros: la paradoja educativa

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Los estudiantes están expuestos a ejemplos de pérdida de valor de la vida y violencia

Juan Martín López Calva

Todos somos maestros de buena o mala conducta. Hay quienes al vernos, se apartan de la mala y siguen la buena. Otros proceden al revés. Todos enseñamos a los más jóvenes a ser lo que somos o lo que deberíamos ser. “Un padre educa a su hijo hasta con el mal ejemplo”, palabras de Hutchins, un educador norteamericano que nos recuerda eso que nos gustaría olvidar: los adultos somos maestros inconscientes: procedemos como si nadie nos viera. Impunemente damos mal o buen ejemplo a los jóvenes. ¿Podemos exigirles que sean mejores que nosotros?
Juan José ArreolaLa palabra educación, p. 104
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Este tema debí haberlo abordado en la entrega de la semana pasada, pero intencionalmente dejé pasar estos días porque en este mundo de la fugacidad y la inmediatez en el que vivimos, sobre todo a partir del reinado de las redes sociales como ejes de nuestra vida cotidiana, los asuntos graves, urgentes, que deberían preocuparnos y ocuparnos de forma permanente, son tratados con la frivolidad de lo novedoso y el morbo del escándalo que dura unas horas o tal vez un par de días hasta que los sustituye el siguiente hecho espectacular.

Se trata del caso del asesinato de Lizbeth Ramos, a manos de una compañera que según sus familiares tenía ya tiempo de acosarla y que la golpeó de forma brutal, repetidamente con una piedra en la cabeza y en la cara hasta romperle la nariz y dejarla sangrando, en una pelea desigual al parecer pactada por la víctima que se atrevió a enfrentar a su acosadora.

Según la nota del diario El País, firmada por Daniel Alonso Viña, lo que puede verse en el video tomado por una de sus compañeras de escuela, que ilustra el reportaje, la escena es desoladora:

“La contrincante de Lizbeth, cuya identidad todavía no ha trascendido, tiene una piedra o algo similar en la mano derecha y con ella asesta golpe tras golpe a Lizbeth, que apenas es capaz de defenderse. A su alrededor, una horda de niños y niñas de su misma edad se ríen con cada nuevo golpe, gritan “¡Dale más fuerte!” y “¡Dale una en la cara!” mientras Lizbeth intenta levantarse del suelo, donde recibe muchos golpes en la cabeza…”

Resulta demoledor humanamente hablando, tanto el acoso y la saña con que una adolescente de menos de quince años golpea con un objeto contundente a una compañera, causándole, además de la fractura de la nariz -único daño que fue atendido-, un traumatismo craneoencefálico que le causó la muerte unos días después.

Igualmente terrible es ver en el video a los compañeros y compañeras de Lizbeth, de la escuela ubicada en Teotihuacán, no solamente no intervenir para detener esa pelea desigual sino reírse y alentar a gritos a la agresora pidiéndole que le pegue más fuerte, que le dé en la cara.

Además de ello, la inacción de la directora de la institución -destituida ahora, en esta mexicana costumbre de tapar el pozo después del niño ahogado- ante las denuncias de acoso que había recibido por parte de la familia de Lizbeth.

Pero este caso no debe verse aisladamente. Se trata de un caso de violencia escolar extrema que llamó la atención porque fue cubierto ampliamente por los medios de comunicación, pero diariamente, en muchísimas escuelas de todos los rincones del país ocurren actos de acoso y de violencia entre estudiantes de todos los niveles educativos. Casos tanto de acoso físico como de ciberacoso, de violencia física y verbal y de violencia digital.

Además de ver este panorama desalentador y muy grave a nivel nacional, habría que poner atención al contexto socio-cultural en el que esta violencia en las escuelas y universidades está ocurriendo.

Según reporta una nota de otro diario, El Economista, la organización civil Causa en común “…contabilizó que mientras en el 2020, al menos 171 mujeres fueron asesinadas con crueldad extrema, la cifra aumentó drásticamente a 490 para el 2021. Para el 2022 los casos se duplicaron al llegar a 801.

De acuerdo con la misma organización, solamente uno de cada cinco casos de asesinatos violentos de mujeres es clasificado como feminicidio por la autoridad, por lo que los datos reales son mucho más altos que los que se pueden reportar si se consulta la información de las carpetas de investigación oficiales. Todo esto solamente en el caso de la violencia contra las mujeres -que tomo como ejemplo porque el caso de Teotihuacán es de una mujer-, puesto que como bien sabemos, las cifras generales de la violencia por parte del crimen organizado y de abusos por miembros del Ejército -como el asesinato de siete jóvenes en Nuevo Laredo- ha seguido aumentando sexenio tras sexenio.

Como bien dice la cita del maestro Arreola, “todos somos maestros de buena o mala conducta” y algunos de los niños y jóvenes al vernos, al ver una sociedad en la que campea la violencia impunemente“se apartan de la conducta mala y siguen la buena”, pero otros, desafortunadamente por el fenómeno creciente de violencia escolar y de jóvenes reclutados por los cárteles y bandas delincuenciales, más bien terminan imitando y sumándose a estas malas conductas que siguen rompiendo el tejido social, causando muerte y desolación en muchas familias y truncando proyectos de vida humana como el de Lizbeth.

Aunque pretendamos olvidarlo, todos los adultos -docentes, padres de familia y ciudadanos en general- somos de forma no explícita maestros y sin embargo, como dice Arreola, continuamos comportándonos como si nadie nos viera. Todos los adultos vamos por la vida dando buen o mal ejemplo a los jóvenes.

Por lo que puede apreciarse en nuestra sociedad, en lo que destacan los medios de comunicación -interesados en ganar audiencia y dinero, más que en contribuir a la reconstrucción de esta sociedad rota- y en los comportamientos que van penetrando de manera muy preocupante en los niños, adolescentes y jóvenes de nuestras escuelas y universidades, lo que estamos dando es predominantemente y por mucho, malos ejemplos que están reforzando sistemáticamente las estructuras y la cultura de la muerte y el desprecio por la dignidad humana.

Creo que en el caso de Lizbeth y en este escenario general que estamos padeciendo en nuestro país deberíamos preguntarnos respecto a las nuevas generaciones, como Arreola: ¿Podemos exigirles que sean mejores que nosotros?

La respuesta para mí es una paradoja: no podemos darles ejemplos de trivialización de la violencia y pérdida del valor de la vida y exigirles que sean mejores que nosotros, pero sí debemos, de manera autocrítica y responsable revisar las maneras en la que todos estamos educándolos de forma explícita o implícita, formal o informal, para cumplir con el deber de trabajar para que las nuevas generaciones sean mejores que nosotros.

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