
Por: Rosalba Gascón Pérez, coordinadora de proyectos de intervención en Mexicanos Primero Jalisco
rgascon@mpj.org.mx
Hace unas semanas, un alumno de secundaria me comentó algo que no se me ha olvidado: —“Nunca había entrado a una escuela pública.” No lo dijo con desprecio. Lo dijo con asombro.
Ese día, estudiantes de una escuela privada y sus familias participaron en una jornada para pintar una escuela pública como parte del proyecto Mi Escuela Primero, de Mexicanos Primero Jalisco. Lo que para algunos era una actividad de servicio, para otros fue un primer encuentro con una realidad que está a menos de una hora de su casa… pero a años de distancia en oportunidades.
Salones con pintura desgastada. Baños que necesitan reparación. Patios sin sombra. Falta de oportunidades de formación. Y, al mismo tiempo, una comunidad escolar que recibe a los visitantes con una sonrisa que no combina con algunas carencias que los rodea.
A veces no vemos lo que sucede tan cerca. Algunas veces la rutina nos encapsula en un “yo limitado”: escuela, trabajo, pendientes, tráfico, redes sociales. Vivimos ocupados, pero no necesariamente conectados. Y sin darnos cuenta, dejamos de mirar alrededor. Dejamos de preguntarnos qué podemos hacer por alguien más. No es que no nos importe. Es que no siempre nos detenemos a observar.
Lo que ocurrió ese día no fue solo una jornada de pintura. Fue un encuentro. Familias de la escuela pública trabajando junto a familias de la escuela privada. Brochas y rodillos compartidos. Risas. Conversaciones que no habrían sucedido en otro espacio. Diferencias económicas que no desaparecen, pero que se vuelven menos distantes cuando se trabaja juntos.

Más de quinientos niñas y niños se beneficiaron de un espacio renovado. Pero algo más profundo ocurrió: quienes participaron regresaron distintos. Porque las experiencias que nos transforman no están basadas en lo material, sino en lo humano. En el amor concreto. En la decisión consciente de involucrarnos.
Existe una carencia silenciosa en nuestra sociedad: la del sentido de labor social y ayuda mutua. Hemos normalizado pensar que “alguien más” resolverá los problemas. El gobierno. Las instituciones. Las familias. Los docentes. Y mientras tanto, olvidamos el poder de las pequeñas acciones: una mañana de voluntariado, una donación, una mentoría, una conversación.
Cuando hacemos comunidad, ocurren cosas grandes. No porque desaparezcan los problemas, sino porque dejamos de enfrentarlos solos.
Nuestra causa es la educación, pero podría ser cualquier otra: salud, medio ambiente, vivienda. Lo importante es decidir abrir los ojos y preguntarnos: ¿qué realidad no estoy viendo? ¿Qué puedo hacer, aunque sea pequeño, para mejorarla?
Mi Escuela Primero busca justamente ser puente. Acercar realidades que parecen lejanas. Recordarnos que ayudar no es un acto extraordinario, sino una posibilidad cotidiana.
Quizá lo que más necesitamos no es más información, sino más encuentros. Más momentos que nos permitan decir: “Ahora lo veo diferente.” Porque cuando vemos diferente, actuamos diferente. Y cuando actuamos juntos, generamos comunidad y una mejor realidad.