Martha Nussbaum, filósofa de la Universidad de Chicago, escribió un libro intitulado “Cultivar la Humanidad: Una Defensa de la Reforma de la Educación Liberal” , donde propone que los universitarios tendríamos que examinar de manera crítica y continua nuestro proceder.
Pensar por nosotros mismos es esencial, más que repetir consignas como pericos. Asimismo, establece la necesidad de dejar las visiones parroquiales (o nacionalistas) para pensar de manera abierta y convertirnos en “ciudadanos del mundo”.
La tercera “capacidad” que sugiere Nussbaum es interesante. La filósofa establece que los ciudadanos no podemos relacionarnos bien con el mundo al utilizar un solo tipo de conocimiento como el lógico o factual (hechos). Requerimos de la “imaginación narrativa”. ¿Y qué es esto? Es la capacidad de pensar más allá de la experiencia propia. ¿Y cómo se logra? A través de las artes, específicamente, la literatura.
Al hacer ficción de la realidad, los artistas logran mostrar una realidad que no existe pero que vale la pena conocer. Es decir, las personas podemos aprender más allá de lo que experimentamos. Esto, dice Nussbaum, puede hacernos más empáticos. Es decir, podemos entender lo que sienten las otras personas al ponernos en sus zapatos. ¿Necesito entonces caer en pobreza para comprender las vicisitudes de vivir con injusticias? No. Una obra artística puede hacernos sentir el infortunio.
José Emilio Pacheco, el escritor mexicano, constata: “En el relato escrito la acción sucede en mi interior”. Al compartir la “pasión” de seres ficticios, dice, se puede aspirar a la “compasión”.
Entonces, ¿podemos aprender de la ficción? Sí y esto es parte de lo que aquí nombro como “racionalidad sensible”. Es decir, la capacidad que tenemos las personas para entender la realidad al utilizar medios asentados en las diversas expresiones artísticas y que no necesariamente parten de una racionalidad lógica o instrumental. “Sin entender, comprendo”, escribe Octavio Paz.
Como la existencia humana no es “plenamente inteligible”, diría Pablo Latapí Sarre, hay que echar mano de otros recursos que no necesariamente se encuentran en los planes y programas de estudio. ¿Y entonces cómo aprender la creatividad? El debate se parte en dos posiciones. Una sugiere que la “cultura libre” nace “al margen de la universidad”. El poeta Gabriel Zaid sostiene esto y asegura que “Erasmo, Descartes y Spinoza rechazaron dar cátedra universitaria. No querían ser profesores, sino contertulios”. Por otra parte, autores ligados a la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OECD), piensan que la creatividad sí se puede enseñar en la escuela.
Pienso que ambas posiciones tienen problemas. La primera por anacrónica y la segunda por ingenua. Por tanto, una tercera posición es necesaria. Al cerrar la puerta del salón de clases (o abrir el Zoom), las y los maestros podemos mostrar cómo los creadores piensan la realidad y “transmiten la emoción sin obstáculos”, diría Virginia Woolf. Ellos hacen “descontentadiza su gustación” (Borges), para escribir obras originales. Observan la realidad sin tratar de explicarla “racionalmente” (García Márquez) porque la ficción es más que “un entretenimiento”, piensa Vargas Llosa. Es, más bien, una “necesidad imprescindible” para que la vida, remata el Nobel, “no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa”.
Poscríptum: Este texto se desprende de un libro con el mismo título que aparecerá publicado pronto.