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La escuela y el mundo que no existe

by Martín López Calva
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-“La escuela prepara a los niños para vivir en un mundo que no existe”.
Albert Camus
-“De todos modos vas a ir”.
Mamá de Albert Camus
Chris H. Moctezuma. Instagram

Hace tiempo que circula este meme por las redes sociales. Si tomamos la idea completa, con todo y la supuesta orden de la madre del Premio Nobel de Literatura de 1957, podríamos hacer una reflexión acerca de la escuela como una imposición sociocultural. Pero para el artículo de esta semana me interesa pensar en torno a la frase original de Camus.

La frase afirma que la escuela forma a las nuevas generaciones para vivir en un mundo irreal, un mundo abstracto, que en los hechos no existe. Se trata de la clásica visión de las instituciones educativas como torre de marfil, alejadas de la vida y de lo que en ella ocurre y se necesita, la escuela como un mundo aparte y apartado de las necesidades humanas profundas y de los reclamos y desafíos sociales más apremiantes.

Vista desde esa perspectiva, la frase es sabia y contundente y está sustentada en lo que históricamente ha venido siendo la educación escolarizada centrada en una idea abstracta de ser humano, ignorante de la enorme diversidad existente entre niños, niñas, adolescentes y jóvenes de distintos ámbitos geográficos, niveles socioeconómicos y horizontes culturales.

En efecto, una mirada al desarrollo histórico de las instituciones escolares y de los sistemas educativos concebidos y normados para abarcar a toda la población, nos muestra un recorrido relativamente reciente -pues se trata básicamente de un producto de la modernidad y de los regímenes caracterizados bajo el término de despotismo ilustrado– en el que se puede constatar que las instituciones escolares de basaron desde su origen en el modelo de las fábricas y las líneas de producción en las que se suponía que los niños ingresaban como insumos iguales -tabula rasa- a un proceso que se pensó bajo la lógica de separación por edades y ciclos escolares.

En este proceso de “producción” de trabajadores y ciudadanos dóciles al sistema se dosificaban contenidos estandarizados para todos, independientemente del contexto social y cultural o de las condiciones personales de cada educando. Los contenidos se tomaban de las ciencias -sobre todo exactas y naturales- y sus aplicaciones tecnológicas, a diferencia de la formación clásica sustentada en el Trivium y el Quadrivium -mucho más dirigida a las élites- que tenía mayor énfasis en las artes y las humanidades.

El desarrollo de la escuela se enfocó, como dice críticamente Ken Robinson en una de sus conferencias, en enseñar a trabajar y por ende privilegió en sus planes y programas los contenidos útiles para el trabajo y en el caso de la educación superior, se concibió también una formación eminentemente racional y orientada a una idea de inteligencia que parece centrada en formar profesores universitarios.

Desde mi punto de vista esta es la escuela a la que se refiere Camus en su crítica y a esta escuela, que forma para vivir en un mundo que no existe porque se basa en una noción abstracta de seres humanos homogéneos y en una perspectiva eminentemente racionalista, cientificista y técnica, coincido en que habría que combatirla hasta lograr su radical transformación.

Sin embargo, me parece que no habría que combatir a esta escuela que prepara para un mundo que no existe para cambiarla por una educación que prepara para un mundo que es el que realmente existe.

Porque, ¿qué valor tendría construir una escuela que prepare para el mundo realmente existente en el que lo que importa es tener éxito y ganar dinero sin tener en cuenta cómo se obtienen ambas cosas? ¿Qué aportaría una escuela que forme a las nuevas generaciones para el mundo realmente existente en el que se excluye material y simbólicamente y se cancela moralmente a los otros? ¿Para qué serviría una escuela que capacite a los niños y jóvenes para vivir en el mundo realmente existente en el que la pobreza y la desigualdad son normales, la violencia y la ilegalidad no sólo son permitidas sino hasta promovidas e impulsadas por una cultura de la impunidad? ¿Qué valor aportaría en términos humanos una escuela que desarrolle en sus estudiantes las capacidades más eficientes para desenvolverse en un mundo regido por la competencia descarnada, la carencia de empatía y solidaridad y el egocentrismo que pone por encima de todo la felicidad -superflua y falsa- individual?

Por eso yo postulo que debemos cambiar esa escuela que forma para vivir en un mundo que no existe, en una escuela que forme para vivir en otro mundo que no existe: en el mundo de la humanización progresiva posible, en el mundo de la democracia imperfecta pero real posible, en el mundo de la justicia también limitada pero también posible, en el mundo de la paz positiva imperfecta, seguramente posible y en el mundo de la inclusión y valoración plena de la diversidad humana que también tiene que ser posible.

El enorme reto es derribar la escuela que capacita para vivir en un mundo que no existe y que no queremos que exista, para edificar una escuela renovada que eduque integralmente para vivir en un mundo que tampoco existe, pero que todos queremos que exista y debemos comprometernos a que sea progresivamente posible.

Se trata de una escuela que tenga como punto de partida al ser humano concreto y completo en su amplia diversidad y riqueza, que construya procesos y trayectos formativos en los que esa diversidad humana pueda desarrollarse en todas sus dimensiones -no sólo intelectual y racional sino también corporal, afectiva, sexual, psíquica, social, económica, estética y espiritual- para generar experiencias significativas que transformen a cada persona y la hagan ejercitarse en un modo distinto, cooperativo y dialógico de convivencia que haga posible la justicia, la democracia y la paz.

Una escuela que como institución social contribuya a cambiar los sistemas socioeconómicos, políticos y culturales para que el mal estructural que hoy padecemos se vuelva un auténtico bien de orden, un verdadero bien común que se privilegie por encima del bien individual.

Este miércoles 15 de mayo, se conmemora en México el Día del magisterio. Me parece que una forma buena y necesaria de celebrar a las y los docentes, formadores de las nuevas generaciones es reconociendo su diversidad personal, sus condiciones estructurales de trabajo, los valores y limitaciones de su cultura profesional y la valoración social de su trabajo, para construir las condiciones institucionales que promuevan que, como profesionales de la esperanza se conviertan todos y cada uno en promotores del cambio, de esa escuela que prepara para un mundo que no existe hacia otra escuela que, a partir del reconocimiento de todos los problemas, conflictos y retos de este mundo que existe, apunte a formar para ese otro mundo que no existe pero que todos quisiéramos y mereceríamos que existiera.

Publicado originalmente en e-consulta

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