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Ciberacoso, crueldad y tragedia: la historia que nadie quiso ver

by Erick Juárez Pineda
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Erick Juárez Pineda

Nazareno Gitali tenía 13 años cuando se suicidó. Un miércoles frío y gris, decidió irse del mundo. Lo hizo a la hora en que solía preparar la mochila para ir a clases.  

Su último día en la escuela fue breve. Entró al aula, se sentó en silencio unos minutos y luego salió al patio. Allí comenzó a lanzar piedras contra un muro, mientras “de la nada” gritaba cosas sin sentido.

Días antes, Guadalupe, su madre, había recibido varios reportes por parte de la escuela. Le decían que “de la nada”, Naza irrumpía en el salón con gritos; que “de la nada”, tiraba bancas o alzaba la voz; que “de la nada”, se quedaba callado y se aislaba de todos. En los recreos, permanecía inmóvil, la mirada clavada en el suelo. Pronto, empezaron a llamarlo “el rarito”, “el que necesita medicación”.

Sus padres, destrozados, no entendían qué había detrás de tanto sufrimiento.

Fue en el velatorio cuando descubrieron lo que la escuela nunca quiso ver —o nunca se atrevió a enfrentar—. Un chico, haciéndose pasar por una chica en Instagram, lo había contactado meses atrás. Le pidió un video íntimo y lo divulgó entre sus compañeros. A partir de entonces, las burlas, las frases repetidas en voz baja y los murmullos hirientes se volvieron una tortura cotidiana.

Guadalupe lo entendió con el alma hecha trizas: no fue “de la nada”. Fue por todo. Por la maldad, por el silencio, por la ausencia de quienes debieron cuidar. Fue un dolor tan inmenso, que un niño de 13 años ya no pudo sostenerlo (Soler, 2025)*.

El trágico caso de Naza, por desgracia, refleja una realidad cada vez más frecuente a nivel global. El ciberacoso se ha vuelto un fenómeno alarmantemente común, sin distinción de edad, país o nivel socioeconómico.

Solo en 2023, en México, al menos 18.4 millones de personas mayores de 12 años fueron víctimas de alguna forma de ciberacoso, lo que equivale a dos de cada diez usuarios de internet en ese rango de edad (INEGI, 2024).

Con la llegada de la inteligencia artificial, esto se ha agravado. En países como España, en el 14% de los casos de acoso digital “los menores usan inteligencia artificial para crear vídeos falsos a partir de la manipulación de una foto, vídeo o audio de un integrante del curso, o para suplantar su identidad” (Diez, 2025).

Enfrentar el problema no es sencillo. Intervienen múltiples factores: la alfabetización digital, el control ejercido desde el entorno familiar, el fortalecimiento de redes de apoyo emocional, la preparación adecuada del personal docente y el desarrollo de habilidades de pensamiento crítico.

Como advierte el Dr. Luis Arriaga Valenzuela (2025), la indiferencia ante el sufrimiento de otros es una forma de violencia que nos deshumaniza. Sus palabras nos recuerdan que el primer paso para transformar esta realidad es no mirar hacia otro lado. Cada señal ignorada, cada silencio ante una agresión, alimenta un sistema que normaliza la crueldad.

En este contexto, la escuela tiene un papel insustituible. Debe ser más que un espacio de transmisión de conocimiento: debe convertirse en una comunidad de cuidado. Freire (1970) lo expresó con claridad: la educación debe ser una práctica de la libertad, donde se reconozca al otro como sujeto de derechos, capaz de transformar su realidad. Más allá de los contenidos, no olvidar lo poderoso del rescate de lo humano, la solidaridad y la empatía.

Este enfoque exige una transformación profunda en los modelos educativos. La investigación de Suberviola (2020) sobre coeducación emocional refuerza esta idea al señalar que el desarrollo de competencias emocionales es clave para prevenir la violencia. Saber reconocer, expresar y regular las emociones mejora la convivencia y permite detectar a tiempo situaciones de riesgo.

Desde luego, el entorno familiar también tiene una gran responsabilidad. En muchos casos, como en el de Nazareno, los adultos no cuentan con herramientas para identificar el sufrimiento de sus hijos. Es urgente fomentar una cultura de escucha activa, donde madres, padres y cuidadores puedan acompañar sin juzgar, y donde el diálogo se imponga al castigo o al silencio.

Pero incluso con una familia atenta y una escuela comprometida, es necesario actuar en un plano más amplio. La violencia digital requiere también respuestas sociales, legales y tecnológicas. Como señalan Herrera-López, Romera y Ortega-Ruiz (2018), el ciberacoso se caracteriza por su persistencia, anonimato y capacidad de viralización. Por eso, la intervención debe ser integral: desde regulaciones efectivas hasta campañas de prevención y protocolos claros de actuación.

El caso de Naza no puede quedar como una anécdota trágica. Debe convertirse en un punto de inflexión. Su historia nos interpela, nos obliga a cuestionar cómo estamos construyendo la vida en común en la era digital. ¿Qué valores transmitimos cuando callamos ante la burla? ¿Qué ejemplo damos cuando justificamos la violencia como “cosas de niños”?

No se trata solo de castigar al agresor o proteger a la víctima. Se trata de cambiar la lógica del sistema. De construir comunidades escolares donde nadie sea etiquetado como “el rarito”, y donde los conflictos no se resuelvan con silencio o exclusión, sino con empatía, contención y responsabilidad compartida.

Nazareno ya no está. Pero su nombre puede ser semilla. Semilla de conciencia, de compromiso, de una nueva manera de educar. Que su historia nos duela lo suficiente como para no repetirla. Que su ausencia nos obligue a mirar, a hablar, a actuar.

Referencias

*La historia completa fue publicada por la periodista Paula Soler en el diario La Nación, de Argentina. La madre de la víctima dió autorización a la periodista y a los medios de comunicación de usar el nombre real. https://www.lanacion.com.ar/comunidad/naza-ya-no-va-a-la-escuela-en-que-piensan-los-adolescentes-que-deciden-quitarse-la-vida-nid29042025/ 

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