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Identidad, violencia y universidad

by Pedro Flores Crespo
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Pedro Flores-Crespo

En 2005, Amartya Sen publicó su libro intitulado “Identidad y violencia. La ilusión del destino”donde sostuvo que al juzgar a una persona por un solo aspecto de su vida (el religioso, por ejemplo), se perdía de vista quiénes somos en realidad y algo aún peor: líderes y políticos sin escrúpulos podían utilizar la identidad única para atacar a los “contrarios”, ensalzar al camarada y justificar la violencia.

México está lleno de estos casos. Desde los estudiantes linchados en la población de Canoa por creerlos “comunistas” hace más de 50 años hasta y más recientemente, los unamitas que se creen cadeneros del campus al expulsar profesores por ser éstos “judíos”, “priístas” o “panistas”. También tenemos a los hinchas de algún equipo de fútbol aventándole cerveza al de junto por ser “americanista”, “naco” o al “fífí” mofándose del “chairo” y viceversa.

Un simple rasgo de nuestra personalidad basta para agredir. Los crímenes de odio contra miembros de la comunidad gay, la segregación o el acendrado clasismo mexicano tiene su justificación en la ilusión de la identidad única y cerrada.

Para Sen, la identidad de los individuos no es una y se construye por medio de la razón, no por imposición. Para el Nobel, la identidad de una persona puede ser “simultáneamente” la de una italiana, mujer, feminista, vegetariana, novelista, conservadora en asuntos fiscales, fanática del jazz y londinense. La razón está antes que la identidad, remarca Sen y sostiene que las personas tenemos la capacidad, bajo ciertas condiciones, de elegir rasgos de nuestra propia identidad.

Aquí es precisamente donde entra la educación y el razonamiento. Si vamos a la escuela o universidad a mantener prejuicios y tradiciones sin cuestionar, entonces no necesariamente estamos hablando de una institución humanística sino de iglesias donde en lugar de tener a un maestro como “intelectual” (Giroux), lo que contrató el Estado fue un pastor.

Para ilustrar este punto, recuerdo una investigación que realizamos hace tiempo donde un joven graduado de una universidad intercultural quería volver a trabajar la tierra luego de graduarse, pero los miembros del grupo étnico al que pertenecía no lo dejaron porque él “ya era otro, había cambiado”. Si él individualmente valoraba sembrar, ¿por qué grupalmente se le negaba tal posibilidad?

La imposición externa a lo que razonadamente elegimos es una violación de autonomía y libertad individual. En ésta se asienta la violencia.

La violencia también se cultiva al asignar etiquetas a las personas de modo arbitrario. “Es un porro de derecha” he escuchado decir a profesores universitarios cuando no piensan igual que ellos. El juicio sobre el académico no parte de una confrontación intelectual, sino de una clasificación. Esdeque es “neoliberal”, “empirista” y “sólo usa la ciencia occidental”. Por eso, la sobreideologizada ley de Ciencia de México, apunta a asumir “el cuestionamiento realizado desde la filosofía y el pensamiento social del sur global respecto del eurocentrismo y los sesgos coloniales”.

El Capítulo 5 del libro de Sen trata la pugna entre “occidente” y anti-West y uno aprende historia y cultura con el profesor de origen asiático. Sostiene que el conocimiento no ha tenido un origen nacional específico. Al ser un sistema abierto, se nutre y nos enriquece a todos.

Cerrar entonces la puerta a la pluralidad con la máscara de reivindicación es ignorancia y en ésta también se asienta la violencia, ¿podremos los universitarios luchar contra ésta o ya somos presas de la ilusión?

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