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¿Máquinas vs. Humanos? El futuro de la sociedad y el trabajo en la encrucijada de la Inteligencia Artificial

by Pluma Invitada
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Juan Carlos Silas Casillas / ITESO

No, estimada lectora, estimado lector, no voy a hablar de la generación de imágenes comunes al estilo de estudio Ghibli; suficiente se ha ofendido a Hayao Miyazaki, un artista en toda la extensión de la palabra, vulgarizando el uso de su estilo gráfico usando Inteligencia Artificial (IA). Voy a hablar de algo con implicaciones sociales que tiene como base el libro aparecido en 2024, de los argentinos Eduardo Levy y Darío Judzik, quienes comentan que la revolución tecnológica no sólo está transformando cómo trabajamos, sino que está cuestionando el mismo significado del trabajo. En un mundo donde la IA se encuentra en cada vez más áreas de nuestras vidas y parece estar ganando territorio en reemplazar tareas cognitivas, creativas y hasta emocionales, surgen dudas apremiantes: ¿seremos capaces de adaptarnos a un futuro con menos empleos?, ¿la tecnología nos liberará para alcanzar aquella vieja utopía de ocio creativo, o nos sumirá en una distopía de desigualdad y estancamiento?

Como provocación hay que decir que la “utopía del ocio creativo” no es nueva y surge de pensadores como John Maynard Keynes, quien desde la década de los treinta predijo jornadas laborales de 15 horas semanales para el siglo XXI (que no ha sucedido, por cierto), liberando tiempo para actividades creativas; o Jeremy Rifkin, que propuso un ingreso básico universal y valorar tareas no remuneradas ante la desaparición de empleos tradicionales. En este sentido, es importante aclarar que la idea del ocio creativo no es ni remotamente una realidad actual, sino una visión utópica para un futuro donde la tecnología libere tiempo para actividades reflexivas y colaborativas. Esto contrasta de manera marcada con el ocio consumista pasivo de hoy, con el uso indiscriminado de redes sociales o streaming, que prioriza la distracción sobre la creación intencional.

En realidad, dado su carácter de utopía, la idea del ocio creativo propone un futuro con menos trabajo asalariado, donde la automatización asume tareas productivas repetitivas o cognitivas, liberando a las personas de empleos estresantes o rutinarios. En teoría, este tiempo ganado se dedicaría a actividades no remuneradas, pero con propósito “humano”, como el arte y la creatividad, el cuidado y la comunidad, así como el ocio activo (deporte, aprendizaje continuo o exploración personal), redefiniendo el valor social del “trabajo”. Implica un cambio cultural que abandone la ética protestante weberiana del “trabajo como vocación”, priorizando el bienestar psicológico y social, y valorando “habilidades humanas únicas” como la empatía, la flexibilidad y la creatividad colectiva.

Para sostener este modelo, se requiere un sistema de equidad económica basado en redistribución de riqueza, que asegure acceso universal a bienes básicos sin depender de un empleo. Siguiendo el hilo de ideas, es preocupante ver que, si el acceso a recursos como talleres creativos, herramientas tecnológicas o formación artística sigue vinculado al nivel de ingresos, el ocio creativo podría profundizar las desigualdades: mientras algunos acceden a oportunidades transformadoras, otros quedarán atrapados en un ocio pasivo y excluyente, reforzando la brecha entre privilegiados y marginados. Incluso se podría crear un efecto pernicioso adicional al llevar a grupos de bajos ingresos y vulnerabilizados a usar sus horas “liberadas” en actividades remuneradas adicionales, lo que se traduciría en una extensión de la explotación laboral.

El texto de Levy y Judzik propone que el momento actual se caracteriza por cuatro tendencias: 1) la irremediable reducción de trabajos, 2) el riesgo de una sociedad fragmentada, 3) el reconocimiento de las habilidades humanas que resistirán la automatización y 4) la necesidad de redefinir el “trabajo” más allá del salario. Desde la historia hasta la cultura, pasando por la economía y la ética, el análisis de los autores invita a repensar nuestro papel en un mundo donde la IA parece estar cerca de redefinir lo que significa ser humano. La elección entre utopía y caos depende de cómo respondamos hoy. 

El texto explora las transformaciones que la tecnología, especialmente la IA, está impulsando en el mundo del trabajo, planteando un futuro incierto, pero inevitablemente marcado por la automatización. A través de cuatro ideas centrales, reflexionan sobre cómo estas innovaciones afectarán la sociedad, la economía y la identidad humana. 

El primer aspecto clave es que, a diferencia de las revoluciones industriales previas, la historia no se repetirá: habrá menos trabajo. En aquellos vuelcos históricos, la tecnología reemplazaba fuerza física y tareas manuales, ahora la IA avanza sobre capacidades cognitivas y cerebrales. Traducciones, diagnósticos médicos, escritura automatizada o análisis de datos dejan cada vez menos espacio para los trabajadores humanos. Esto aumenta la productividad y reduce drásticamente la demanda de empleos tradicionales, incluso en niveles altamente cualificados. Esta vez la tecnología “sustituye músculo” y también inteligencia, sin un refugio laboral claro para quienes pierden sus puestos. 

El segundo punto es binario: ¿utopía o distopía? y el resultado dependerá de cómo se gestione la distribución de ingresos y oportunidades. Si la automatización genera desigualdad extrema, con una élite de dueños de la tecnología y el capital coexistiendo con una mayoría excluida, el estancamiento económico y social será inevitable. Sin embargo, si se implementan políticas proactivas (redistribución de la riqueza o ingreso básico universal), podría surgir una sociedad donde el ocio creativo y el bienestar compartido liberen al ser humano de tareas repetitivas (volvemos a la utopía del ocio creativo). La elección entre estas dos sendas define el desafío central: la tecnología puede ser una herramienta de liberación colectiva o un instrumento de fragmentación… o puesto de otra forma; trabaja para el humano o en su contra.

Para el tercer punto, se propone reflexionar sobre “los límites humanos a la automatización”, argumentando que, aunque la IA avanza en procesos cognitivos, existen (por el momento) habilidades humanas irremplazables: empatía, creatividad, juicio moral y flexibilidad. Estas capacidades, consideradas “no técnicas”, constituyen una ventaja comparativa crucial. Desde la perspectiva de Levy y Judzik, mientras una máquina puede conducir un auto o procesar datos, carece de la capacidad de improvisar, resolver conflictos éticos o generar ideas innovadoras de manera orgánica. Estas habilidades pueden ser la base de los trabajos futuros, donde el ser humano preserva su “ventaja competitiva” y colaborará con la tecnología en lugar de competir con ella. 

El cuarto y último aspecto es un tanto actual: El trabajo no desaparece, se transforma en “trabajo no remunerado”. El concepto tradicional de empleo asalariado se erosionará, pero el ser humano seguirá realizando actividades con propósito, aunque no necesariamente remuneradas. Esta idea se parece a lo propuesto por algunos anarquistas del siglo pasado que separaban el empleo de la labor, siendo el primero remunerado y con fines mercantiles, y el segundo comunitario y centrado en el aporte del individuo a los demás. El ocio absoluto es inestable en un escenario como el planteado. El tiempo ganado por la automatización se dedicará a cuidado, arte, ocio activo o proyectos sociales, redefiniendo el significado de “trabajo”. Esto plantea un reto cultural: ¿cómo valorar actividades que no generan ingresos, pero son esenciales para la sociedad?

A manera de síntesis, se puede subrayar lo evidente: el mundo se encuentra en una encrucijada. La cuarta revolución industrial no es reversible, pero su impacto puede ser mitigado con políticas educativas, redistributivas e innovadoras. Si la sociedad prioriza la equidad y el bienestar colectivo, la tecnología podría liberar al ser humano de los trabajos mecanizados/mercantilizados y abrir espacio para actividades más significativas. Sin embargo, si se ignora la redistribución y la preparación educativa, el resultado será una sociedad profundamente desigual y estancada. La educación tendrá un papel importante al ser un espacio donde la tecnología y las humanidades converjan. Se puede pensar en experiencias que combinen tecnología, arte y resolución de problemas sociales; buscando que los estudiantes reinterpreten el valor del tiempo y el trabajo en una sociedad donde la IA parece redefinir las fronteras del trabajo, la labor y el ocio.

Por último, es importante reflexionar en lo que pueden hacer las universidades en México y otros países y caben cinco propuestas: 1) enfocarse en el desarrollo de “habilidades humanas únicas”, esto es, centrarse en fortalecer en su comunidad la inteligencia emocional, la creatividad y el pensamiento crítico, ya que estas habilidades no serán sustituibles por la IA (al menos en el corto plazo). Programas interdisciplinarios que combinen tecnología, humanidades y arte ayudarían a preparar a los estudiantes para una sociedad (y mercado laboral) en constante cambio. 2) Integrar la IA en todos sus programas. Aunque parezca un contrasentido, es importante que los estudiantes universitarios comprendan cómo funciona la programación básica, la ética de la IA y análisis de datos. Incluso en carreras como el derecho, la medicina o las humanidades. Esto permitirá a los profesionales entender y colaborar con las tecnologías emergentes, evitando su marginalización. 3) Programas de reentrenamiento continuo. Aunque lo laboral sea incierto y cambiante, la oferta de cursos cortos o bootcamps para profesionales en riesgo de desempleo tecnológico ampliaría sus posibilidades de adaptación a nuevas demandas laborales. El llamado upskilling comienza a tener más significado con el manejo de sistemas automatizados o la creación de contenidos. 4) Investigación en políticas redistributivas. Generar conocimiento sobre modelos económicos como el Ingreso Básico Universal (IBU) o impuestos a la automatización. La investigación vinculada con la sensata toma de decisiones contribuiría a diseñar políticas que eviten la desigualdad y fomenten el crecimiento inclusivo. Por último, 5) promoción del ocio creativo con propósito. Se pueden crear espacios para proyectos sociales, emprendimiento ético y actividades no remuneradas (como hackathones o talleres de innovación), esto prepararía a los estudiantes para un mundo donde el trabajo asalariado disminuya, y el significado personal se construya en actividades de impacto colectivo. Éstas, y otras acciones, que usted, amable lector/lectora está pensando, harían de las universidades catalizadores en la transición hacia un futuro donde la tecnología no reemplace a la humanidad, sino que la amplíe. 

Por último, ante la idea de que el acceso a herramientas de IA debe ser un derecho universal y no un privilegio económico, los gobiernos y otros actores particulares se ven retados a garantizar acceso a infraestructura digital gratuita en escuelas públicas y comunidades marginadas, evitando la ampliación de la brecha tecnológica. Y, como colofón cabe formularse al menos tres preguntas referidas a nuestra cambiante sociedad. ¿Cómo podríamos redefinir el “éxito personal” en un mundo donde el trabajo asalariado ya no sería el núcleo de la vida productiva? Si la inteligencia artificial “ecualiza hacia abajo” (reduciendo diferencias salariales), ¿sería esta desigualdad “más justa” o profundizaría crisis sociales? Y, pensando en la realidad histórica de nuestro país, ¿cómo garantizar que la automatización no excluya a grupos vulnerables, especialmente en economías con alta precariedad laboral como México? 

Referencia

Levy Yeyati, E., y Judzik, D. (2024). Automatizados: El trabajo después del trabajo. Planeta.

ODEJ-Lab es un espacio de análisis y posicionamiento sobre el acontecer de la política educativa en México y en América Latina. Nuestro objetivo es fomentar debate crítico, producir conocimiento basado en información veraz y coadyuvar en la formulación de la política pública y estrategias político-pedagógicas enfocadas en el pleno ejercicio del derecho a la educación. El Consejo editorial está integrado por: Alejandra Luna Guzmán, Luis Antonio Mata Zúñiga, María Mercedes Ruiz Muñoz, Silvia Schmelkes del Valle y Marisol Silva Laya (Ibero-Ciudad de México); Lorena Yazmín García Mendoza e Itzel López Nájera (Ibero-Puebla); Eiko Gavaldón Oseki (Ibero-Torreón); Juan Carlos Silas Casillas (ITESO). 

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