Cuando un Secretario de Educación dice que junio y julio ya no sirven para aprender, está diciendo algo que muchos directivos y docentes sienten: que la presión de contenidos durante el año no deja espacio para lo que realmente importa. Pero ese argumento merece revisarse porque, en realidad, refleja un problema distinto: la falta de planificación estratégica para aprovechar cada semana de manera significativa. Los últimos meses no son tiempo muerto. Son una segunda oportunidad que los calendarios escolares ofrecen, y cómo las uses determinará qué llevará realmente a tu grupo al siguiente nivel.
Durante el año, enfrentas una presión constante. Hay contenidos obligatorios que cubrir, evaluaciones que aplicar, calificaciones que registrar. El ritmo es implacable. Y luego llega junio. De repente, todo se hace lento. Los padres preguntan por qué hay “menos tarea”. Los estudiantes sienten que pueden bajar el ritmo. Y tú, como docente, te enfrentas a una decisión: ¿mantengo la presión hasta el final?, ¿dejo que simplemente pasen los días?, ¿intento algo diferente? La mayoría elige una de las dos primeras opciones. Pero hay una tercera que es mucho más poderosa.
La evidencia pedagógica es clara: el tiempo de instrucción bien organizado mejora los aprendizajes, especialmente en lectura (Quintão et al., 2024). Sabemos que los estudiantes que necesitan más práctica, más guía y más continuidad se benefician significativamente cuando hay tiempo dedicado a la recuperación y el refuerzo. Sabemos que revisar, consolidar y trabajar sin la presión de avanzar en el contenido programado generan mejoras duraderas. Lo que quizá no siempre se menciona es que esas mejoras ocurren cuando el maestro decide intencionalmente qué hacer con ese tiempo. No ocurren automáticamente. Ocurren cuando planificas.
Piensa primero en la recuperación real, no en la superficial. Tu estudiante que batalló con la lectura todo el año. Ahora, sin el ritmo de la cobertura de contenidos obligatorios, tienes espacio para algo que parece radical: escucharlo leer, corregirlo con precisión y construir confianza. Diez minutos diarios bien dedicados pueden cambiar sus trayectorias futuras. Igual con la escritura, el cálculo mental, cualquier habilidad fundamental. Los últimos estudios sobre la recuperación muestran que, cuando es frecuente, temprana y acompañada, funciona. Junio y julio son perfectos para esto (de Boer et al., 2018).
Pero hay algo más que casi nunca cabe en el ritmo normal: los proyectos conectados con la realidad. Cuando liberas la presión de los contenidos obligatorios, puedes hacer algo que transforma el aula. Tus estudiantes investigan, leen documentos reales (no simplificados), escriben con propósito, hablan en público, organizan datos que les interesan. Sin que lo perciban como “clase”, estarán leyendo, escribiendo, hablando, pensando críticamente. ¿El beneficio? Los que brillan en exámenes siguen brillando, pero también destacan los que antes estaban invisibles: el que lee mejor cuando le interesa, el que habla cuando puede expresarse de formas variadas, el que trabaja mejor en equipo.
Y esto tiene una consecuencia menos visible pero más poderosa: cuando reduces la presión de cumplimiento y decides que aún hay algo por hacer con cada estudiante, cambias la forma en que enseñas, retroalimentas y acompañas. Un niño que fue “de bajo desempeño” en noviembre no está condenado a serlo en junio. Pero eso solo ocurre si el docente decide verlo de manera diferente. Las últimas semanas son el espacio perfecto para demostrarle a ese estudiante que no está definido por sus errores de meses anteriores.
Todo esto requiere planeación. Requiere decidir qué estudiante necesita qué tipo de apoyo. Requiere actividades diseñadas, no improvisadas. Requiere una comunicación clara con los padres sobre qué estás haciendo y por qué. Si un padre pregunta por qué “hay menos tarea en junio”, puedes explicar: “Estamos en una fase de consolidación. Cada estudiante está reforzando lo que necesita. Para algunos es lectura; para otros, escritura. Todos están trabajando, solo que de formas más personalizadas.” Eso es verdad. Y es mucho mejor que lo que hacías antes.
Lo que obtienes al planificar así es algo que casi nunca experimentas durante el año: la posibilidad de cerrar ciclos de verdad. De dejar a tus estudiantes no solo con calificaciones, sino también con habilidades consolidadas, autoestima renovada y la confianza de que pueden aprender.
La pregunta correcta no es si junio y julio sirven. La pregunta es: ¿qué puedo hacer en estas semanas que no pude hacer durante el año escolar? Recuperar a quien va rezagado. Abrir proyectos conectados con la realidad. Trabajar la lectura y la escritura a partir de temas que motiven. Fortalecer la convivencia. Cerrar ciclos con sentido. Cuando lo haces así, dejas de sentir que el tiempo escolar es una obligación. Vuelve a ser lo que debería ser: una oportunidad real para que tus estudiantes aprendan mejor. Y eso es precisamente lo que más amas en tu trabajo.
Acerca del autor
Erik Ramírez Ruiz es Director General de Radix Education y Fundador de Enseña por México, organizaciones desde las que ha trabajado para transformar la enseñanza y el aprendizaje con un impacto real en las personas, sus comunidades y en México. Posee una Maestría en Tecnología, Innovación y Educación por la Escuela de Graduados de Educación de Harvard, donde actualmente se desempeña como Vicepresidente de la Red de Exalumnos. Su trabajo combina experiencia práctica en el aula con investigación en innovación y tecnología educativa, enfocándose en cómo los docentes pueden aprovechar mejor el tiempo escolar para generar aprendizajes significativos en sus estudiantes.
de Boer, H., Timmermans, A. C., & van der Werf, M. P. C. (2018). The effects of de Boer, H., Timmermans, A. C., & van der Werf, M. P. C. (2018). The effects of teacher expectation interventions on teachers’ expectations and student achievement: narrative review and meta-analysis. Educational Research and Evaluation, 24(3–5), 180–200. https://doi.org/10.1080/13803611.2018.1550834