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La escuela del debate

by Pedro Flores Crespo
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Aunque algunos podamos coincidir, todas y todos pensamos distinto. Aun cuando todos tenemos la capacidad de hablar y la mayoría de escribir, sólo unos saben debatir. ¿Por qué? ¿Cómo adquirimos la facultad de cuestionar una idea o hecho en términos racionales y de manera fundamentada? ¿Por qué es vital e importante el debate en nuestra sociedad? 

Empecé a leer el libro intitulado “¡Cállate chachalaca! Los enemigos del debate en México” de Pablo Majluf (2017) porque pronto, en mi clase de Teoría Social de la UAQ, debatiremos varios temas y éstos contarán como un instrumento de evaluación del aprendizaje. Hemos acordado, entre estudiantes y docente, reemplazar el examen y las exposiciones por el “ejercicio de la razón pública” (Rawls). Distinguir entre los buenos y malos argumentos será el objetivo.

Más que comentar aquí qué o quiénes son adversarios del ejercicio de la voz pública, trataré de exponer por qué pienso que establecer un diálogo horizontal sobre un tema público es una actividad profundamente educativa y por lo tanto, humanística.

En primer lugar, pienso que al debatir nos formamos integralmente. Leer o escuchar un argumento con atención, analizarlo y comentarlo se asienta, entre otros, en la capacidad y el desarrollo lingüístico. Formar buenos discusores podría ser un objetivo de los niveles previos al universitario, pero si se detectan limitaciones en este sentido, un debate universitario podría resultar aleccionador y compensatorio en términos de lenguaje.

Segundo, al contrario del dogma religioso y de la ideología política, con el debate estamos más cerca de reconocer lo diferente y con ello, podemos ser más abiertos a aceptar la diversidad, a no imponer ni moralizar. Al establecer con libertad un diálogo, podemos ser capaces de pensar por nosotros mismos y dejar de repetir como perico cosas que aunque sean populares son erróneas. El debatiente argumenta; no descalifica, pues intenta comprender no dominar. De ahí que la política y la academia sean distintas.

En tercer lugar, al debatir está presente nuestra capacidad de razonar nuestras expresiones e, inexorablemente, de regular nuestra conducta. Ejemplo de ello es la “ética de la responsabilidad”, la cual nos impulsa a no sólo pensar en “la pureza de los ideales sino en sus consecuencias para los demás”. El debate tiene sus “confines”, observa el escritor Claudio Magris quien confiesa que en un debate realizado en Teherán, titubeó “ante la frontera entre el respeto de la verdad y el respeto de las personas”. 

Este punto merece una aclaración. Cuando debatimos debemos centrarnos en el argumento, no en la persona y esto comúnmente en México se confunde. Debatir ferozmente es válido mientras nos mantengamos en la clave argumentativa impersonal. Se ataca la lógica del razonamiento, no al interlocutor. Tristemente, en nuestro país, los emisores de mensajes tienden a “sentirse” al ser cuestionados por su interlocutor no importando que tan preciso sea en sus comentarios.

Doblemente más triste es que esta actitud sensiblera puede reproducirse en la universidad pública mexicana. ¿Será que ya perdimos la batalla y nuestra capacidad de autoengaño es “infinita”, como diría el escritor Javier Cercas? Espero que no. El debate universitario puede hacernos recordar que el “aumento del conocimiento depende por completo del desacuerdo” (Popper). Es la hora de debatir. 

Investigador de la UAQ

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