
En unas horas llegan los resultados de la prueba PISA 2025 que, en términos generales, mide lectura, ciencias, matemáticas y habilidades digitales de más de 760.000 estudiantes de 15 años en 91 países.
La lectura simple será narrada por los rankings y posicionamientos generales de México ante el mundo: cuánto retrocedimos o avanzamos respecto a la evaluación pasada; si salimos “reprobados”, mejoramos o estamos igual; preguntarse de quién es la “culpa” de los resultados; etcétera.
Sin embargo, debemos ir un poco más allá. No se trata de encontrar “culpables”solitarios como a los docentes o directivos, ni ver de manera aislada a todos los factores estructurales asociados a los resultados.
El tema educativo es multifactorial y multisectorial. PISA evalúa a los sistemas educativos en su conjunto y los resultados de sus políticas.
En el caso de México, esta información resulta valiosa si se toma con cautela, pues, si bien, una evaluación estandarizada no permite observar de manera directa y clara particularidades como las condiciones en las que se ejerce el derecho a la educación, el clima en las aulas, la formación docente y demás elementos transversales, sí puede dar luces genereales de cómo vamos, de dónde venimos y hacia dónde podemos ir; en especial, porque se han eliminado las pruebas locales y al INEE, instituto que –más allá de la polémica por las consecuencias laborales que traía la evaluación de desempeño– encabezaba al Sistema Nacional de Evaluación Educativa y daban información –a partir de diagnósticos, investigaciones y análisis– clave para la mejora educativa del país.
El debate –más allá de las opiniones– será amplio, nutrido, plural y propositivo. Sus resultados pueden ser la base de exigencia para mejorar las políticas educativas, el actuar de las y los tomadores de decisiones y el inicio de diversas investigaciones.
Así que, ya váyanse a dormir, que ahí viene PISA.
