La educación puede contribuir a construir una sociedad más justa, pero no lo hará de manera automática ni aislada de las condiciones económicas y sociales, sostuvo la investigadora Marisol Silva Laya al recuperar más de cinco décadas de estudios de Carlos Muñoz Izquierdo sobre desigualdad, calidad educativa y movilidad social.
Durante la conferencia inaugural de la Escuela Metodológica de Verano de la Cátedra Carlos Muñoz Izquierdo 2026, realizada en la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, Silva Laya señaló que el investigador nunca cayó en el optimismo de considerar que la escuela resolvería por sí sola la desigualdad, pero tampoco aceptó que las condiciones sociales determinaran inevitablemente el destino de los estudiantes.
“La educación de calidad puede impulsar la movilidad social, pero sólo cuando se articula con otras políticas”, explicó la académica del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias para el Desarrollo de la Educación (INIDE).
Muñoz Izquierdo dedicó más de 50 años a la investigación educativa y produjo 211 obras: 19 libros, 72 capítulos, 79 artículos científicos y 41 reportes técnicos. Sus trabajos abarcaron temas como financiamiento, evaluación, currículo, formación docente, abandono escolar, empleo y movilidad social.
Uno de sus principales aportes fue demostrar que el abandono escolar no ocurre de un día para otro, sino que es resultado de rezagos pedagógicos acumulados que las instituciones no atienden oportunamente. Con ello, desplazó la pregunta sobre por qué los estudiantes dejan la escuela hacia la responsabilidad del propio sistema educativo.
“¿Qué hizo o dejó de hacer el sistema educativo mucho antes de que ese abandono ocurriera?”, planteó Silva Laya al explicar la vigencia de esos estudios, que anticiparon estrategias actuales como las alertas tempranas, el acompañamiento académico y el seguimiento de trayectorias escolares.
La especialista también retomó las cuatro tesis de Muñoz Izquierdo sobre la desigualdad educativa. Éstas advierten que las diferencias en los aprendizajes no pueden atribuirse exclusivamente a la pobreza o al origen familiar, pues también intervienen la distribución inequitativa de los recursos, los currículos alejados de la diversidad social y cultural, y una formación docente que no siempre responde a las necesidades de los sectores más desfavorecidos.
La ampliación de la matrícula, expuso, se realizó en muchos casos mediante la sobreexplotación de recursos, dejando sin infraestructura, materiales y maestros suficientes precisamente a quienes más los necesitaban.
Frente a estas condiciones, Muñoz Izquierdo sostenía que “cualquier persona puede aprender cualquier cosa, en cualquier momento de su vida, si se le sabe enseñar”. Esta convicción, dijo Silva Laya, colocó a las escuelas y a las prácticas pedagógicas en el centro de la lucha por la equidad.
El investigador también contribuyó a formular un concepto integral de calidad educativa, que no se limita al rendimiento en pruebas. Una educación de calidad, explicó, debe ser relevante en sus valores, eficaz en los aprendizajes, pertinente para los distintos contextos culturales, eficiente en el uso de los recursos y equitativa en la distribución de oportunidades.
Silva Laya destacó que la obra de Muñoz Izquierdo conserva actualidad ante problemas como las brechas digitales, la inteligencia artificial y las nuevas formas de exclusión. Aunque las herramientas metodológicas cambien, afirmó, permanece la pregunta que orientó su trayectoria: “¿Cómo puede la educación contribuir a construir una sociedad más justa?”.
La académica llamó a las nuevas generaciones a no reducir la investigación a la publicación de artículos, la acumulación de citas o el cumplimiento de indicadores institucionales.
“Investigamos porque creemos que comprender mejor la realidad constituye el primer paso para transformarla”, expresó. Detrás de cada dato, agregó, existen personas, escuelas y comunidades cuyas oportunidades pueden ampliarse o restringirse a partir de las decisiones públicas.
Para Silva Laya, el legado más profundo de Muñoz Izquierdo radica en haber unido rigor metodológico, compromiso ético y esperanza. No se trata, precisó, de una esperanza ingenua, sino de la convicción sustentada en evidencia de que las instituciones, las políticas y las prácticas educativas pueden transformarse.
“No existe fatalismo que nos impida mejorar”, recordó la investigadora al sintetizar una obra que puso el conocimiento al servicio de la justicia social.
