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Carta a estudiantes de Educación

Juan Carlos Yáñez Velazco

Estimadas, estimados estudiantes de pedagogía, docencia, educación:

Decidí escribirles una carta, esa vieja tecnología que sustituimos por WhatsApp y las redes sociales, pero que en otra época sirvió para razones opuestas, como enamorar (Cyrano de Bergerac es buen ejemplo), o para la batalla entre gobiernos (en las guerras mundiales, por ejemplo). Pienso que, tal vez, con un mensaje lejos de cartabones académicos despierte algunas reacciones y podamos conversar entre colegas.

Esta es una invitación. Es, también, un bienvenidos al complejo universo de la tarea más trascendente de una sociedad: formar o perfeccionar a sus miembros, sobre todo a los más jóvenes.

Educar nunca fue fácil. Ni en las tribus primitivas, ni en las sociedades medievales, tampoco en los mundos evanescentes donde nos movemos. Incluso, algunos notables han sostenido a lo largo de la historia que educar y gobernar son funciones imposibles. Me alejo del escepticismo derrotista como del júbilo vacunado contra la razón.

Educar es una tarea compleja, sin duda. Vayamos al principio. ¿Qué es la buena educación? Tomo la expresión de un educador mexicano, fundador de la investigación educativa en su país, quien sostenía ese concepto, lejos de pretensiones moralizantes y discursos empresariales.

Pablo Latapí, se llama el insigne educador. Y definió la buena educación a partir de cuatro fundamentos: carácter, inteligencia, sentimientos y libertad.

Lo primero que valora don Pablo es el carácter, entendido como “congruencia entre pensar y obrar, convicciones claras y firmes y un sentido de finalidad que engloba y afecta todo esto que llamamos nuestra vida”.

“La inteligencia, escribe, se desarrolla a través de y conjuntamente con el lenguaje: pensamos porque hablamos y, en cierta forma, como hablamos; logos era para los griegos a la vez pensamiento y palabra”.

Asegura que no puede trazar la línea divisoria entre inteligencia y sentimientos. Instruir los sentimientos implica cultivar la imaginación y la creatividad, la intuición, la modulación de la sensibilidad y la educación para la compasión: “una educación que ignora la compasión será siempre terrible”, concluye.

Finalmente, hay que educar para la libertad posible y para la libertad responsable. Nos instala en el mundo de la ética.

Una educación con los atributos descritos es imposible todavía para cientos de millones de personas en el mundo, a pesar de su inclusión entre los derechos humanos suscritos en diciembre de 1948 en la Declaración Universal. El ejército de niños y muchachos expulsados de la escuela nos recuerdan que educar es un compromiso ético, político y pedagógico, de los estados, pero también de quienes ejercemos la docencia.

Para colmo, tampoco estamos muy conformes con los resultados del aprendizaje entre quienes van ascendiendo en la pirámide escolar. Las pruebas de logro aplicadas por organismos nacionales y la famosa prueba internacional PISA ofrecen elementos para análisis fríos. Los resultados de ese tipo de instrumentos, imperfectos, por supuesto, revelan dificultades de comprensión lectora y matemáticas en porcentajes cuantiosos de niños y jóvenes.

Es inaceptable, porque quien tiene dificultades para comprender lo que lee, tendrá problemas de aprendizaje en español, como en matemáticas, geografía, historia o ciencias.

Por otro lado, escuchamos con frecuencia que los jóvenes no leen o no saben leer. O que son perezosos, que no les gusta trabajar. ¿Ustedes lo creen?

Respecto a lo primero, sostengo como hipótesis que es falso, pues si sumamos los mensajes que escriben y leen a diario en WhatsApp, Facebook, Instagram y otras redes sociales, habrán leído y escrito mucho más que los niños y jóvenes de mi generación. Es verdad, no leen lo que los profesores o los adultos quisieran, o lo que deberían, pero eso es otro asunto. La pregunta es ¿cómo logramos atrapar el interés de los estudiantes para leer y escribir lo que creemos que es más benéfico? Preguntarles, es lo único que se me ocurre.

Respecto a lo segundo, que son flojos, también creo que es injusto el razonamiento, pues los muchachos de hoy no inventaron esos vicios. Los aprendieron de nosotros, los adultos, de la sociedad que hemos construido o permitido.

Hay ejemplos de muchachos que a las edades de nuestros estudiantes universitarios asumieron una causa y lucharon o luchan por ella. Dos casos femeninos son muy conocidos: Malala, premio Nobel de la Paz a los 17 años; Greta Thunberg, activista por el planeta. Dos contextos distintos, dos culturas diferentes, dos historias contrastantes, pero inspiradoras. Que muestran muchas cosas, entre otras, que en el ADN de la juventud no se incluyen los peores vicios humanos.

Jorge Larrosa, profesor catalán, hace una distinción muy interesante entre alumno y estudiante. El primero, asegura, es una condición formal, pasiva; el segundo, es existencial, activa. Somos alumnos cuando nos inscribimos a la universidad, pero estudiantes cuando nos comprometemos.

Entonces, el desafío es que los profesores hagamos de nuestros alumnos, estudiantes. ¿Y cómo?  Con nuestra praxis. En el lenguaje de Paulo Freire: aprendiendo con emoción, enseñando con alegría.

En el mismo sentido, Nuccio Ordine, filósofo italiano, dice que la educación no tiene como propósito engordar pollos, sino formar herejes, es decir, personas capaces de elegir sus propios caminos, sin conformarse con pasar los pies por donde los adultos dejaron su huella.

El escritor portugués, José Saramago, también nos provoca; afirma: la universidad no es una isla donde desembarcan los estudiantes para salir de ahí varios años después con un título. Es un espacio de encuentros con otros lenguajes, otras inteligencias, otras disciplinas, otras culturas, otras personas.

La idea es seductora: aunque te inscribas en una carrera, la universidad no debe reducirte a ella, sino ampliarte horizontes, abrirte perspectivas.

La responsabilidad no debe asustarnos. Los desafíos cambian, muchos permanecen. Como persisten las virtudes que hoy precisamos de los educadores. Son las mismas virtudes de los buenos educadores de siempre: sensibilidad para escuchar, paciencia, tolerancia, expresión oral y escrita adecuada, humildad, valentía, respeto, empatía, pasión…

Junto a todas esas, quiero ensalzar una más, estratégica: trabajo en equipo. La tarea de educar es siempre colectiva. Excepto en la pintura y tal vez la música, las grandes obras de la humanidad fueron producto del trabajo colectivo, de varios, cientos o miles de obreros, ayudantes, técnicos, que realizaron la idea genial que un creador había parido. Los edificios los diseñan los arquitectos; pero sólo los levantan, pieza a pieza, los albañiles; así fue con las pirámides egipcias o mayas, así con la torre Eiffel, el canal de Panamá o la muralla china.

Ni siquiera don Quijote en sus locuras andantes viajaba solo y tenía a su Sancho Panza. O Sherlock Holmes a Watson. Messi no ganó solo el  Mundial de Qatar. Son los equipos, el grupo, lo que define rumbos y resultados.

La de nosotros es una tarea así. De grupo, donde no pensamos igual todos, pero tenemos un objetivo común, una guía asertiva y capacidad de comunicarnos, y claridad para comprender que la labor sólo será factible con el trabajo colectivo en la dirección acordada.

La docencia que se ejecuta así no garantiza resultados positivos, por supuesto. Pero ella es una profesión productora de un tipo de riqueza difícil de encontrar en otras. Es capaz de desatar seis emociones positivas. ¿Se imaginan cuántas profesiones u oficios pueden lograrlo? Compasión, amor, satisfacción, orgullo, curiosidad y alegría. Todas, en mayor o menor grado las produce la docencia.

La educación es un acto de alegría, nos enseñó Paulo Freire. Es verdad. Sin alegría no puede enseñarse. ¿Ustedes recuerdan un buen maestro cargado de amargura, tristeza o frustración? ¿Uno que contagia pesimismo?

La educación, los educadores, millones de estudiantes en el mundo enfrentan adversidades. A pesar de ello, es posible educar. Y educar bien. No es fácil, pero urge intentarlo.


Termino ya. He querido compartirles algunas ideas, propias y de otros autores, para invitarlos a tomar la parte que les corresponde. Nunca hubo tiempo para derrocharlo en la enseñanza; hoy menos.

Educar bien es urgente, necesario y posible si tenemos la capacidad de soñar otros horizontes y construir las condiciones para darle vuelta a las páginas negras que no queremos que escriban otros en un par de décadas.

Un abrazo fraterno.

Twitter @soyyanez

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